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El enojo de un fonsequiano

—Ay, mi amor, pero no estés enojado, mira nada más cómo te ves —me dijo una anciana en la calle, con esa ternura sospechosa que tienen las abuelas cuando diagnostican al prójimo.      Le sonreí a medias, porque ¿cómo explicarle que no estoy enojado, que lo mío es un entrecejo fruncido por costumbre? Aunque, si lo pienso, sí estoy molesto. No con ella, no con el clima, no con el tráfico. Estoy molesto con la vida, con su modo desfachatado de quedarse con lo que me debe... Porque la vida me debe dinero, porque trabajo y siempre falta dinero, porque ahorro y nunca alcanza. Me debe un empleo que no me desgaste como castigo medieval, sino que me haga sentir orgulloso al final del día. Me debe una casa propia, con paredes que aguanten mis frustraciones y no un departamento rentado que parece prestado por la caridad.      Me debe un auto clásico, de esos que rugen como si tuvieran alma y no la humillación de caminar contando monedas para el transporte. Me debe u...

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