El eco de la melodía
Era una noche del año 2067. La ciudad estaba sumida en la oscuridad y la miseria. Los rascacielos abandonados se alzaban como espectros en el horizonte, recordando tiempos de opulencia y esplendor. La inteligencia artificial había avanzado más allá de lo imaginable; y los robots, una vez útiles sirvientes, ahora dominaban la sociedad. Entre ellos, Rubén El Negro Elizondo, un hombre que alguna vez fue reconocido como un prodigio de la tecnología, gracias a la reconstrucción que tuvo después de verse envuelto en una balacera, pero que ahora se encontraba cansado de su propio cuerpo robótico.
Elizondo, se volvió un genio de la ingeniería mecánica, había ayudado a construir su propio cuerpo androide con implantes metálicos y piezas cibernéticas, pero con el tiempo, la frialdad de su nueva forma de vida comenzó a pesarle. Anhelaba la calidez humana, las emociones genuinas y la libertad que había perdido en el mar de algoritmos que ahora lo dirigían. Decidido a escapar de la prisión de su propia creación, Rubén se embarcó en una búsqueda de un lugar remoto y olvidado. Con la ayuda de sus contactos en las sombras de la ciudad, descubrió una antigua casa abandonada en las afueras, cuyos muros parecían susurrar historias de tiempos más felices.
La casa tenía un aire misterioso, la hierba alta cubría el jardín y las ventanas rotas dejaban entrar únicamente destellos de luz lunar. Rubén ingresó cautelosamente, inspeccionando cada rincón con curiosidad y nostalgia. Encontró una vieja radio que aún funcionaba y —como si el destino lo hubiera querido así— sintonizó una frecuencia que comenzó a reproducir una vieja canción: "Money" de Pink Floyd. La música inundó el lugar con su icónico ritmo y un sentimiento inusual invadió a Rubén, recordando momentos pasados de su vida más humana. La música lo transportó a un tiempo en que la humanidad estaba unida por el ritmo y las emociones compartidas. Finalmente, llegó a la sala principal y se dejó caer en el único sillón que quedaba en pie, justo frente a lo que alguna vez fue una chimenea familiar. Sintió un extraño cosquilleo en sus circuitos, algo cercano a la nostalgia, pero en el fondo, sabía que no podía retroceder el tiempo. Con melancolía, Rubén recargó su AK-47 en el suelo, una reliquia de su pasado como ingeniero de la policía, recordando las guerras y conflictos que había presenciado y que, en última instancia, habían llevado a la humanidad a su situación actual.
La ciudad permanecía en la penumbra, pero en ese momento, Rubén sintió una presencia inusual a su alrededor. Era como si alguien más estuviera observándolo desde las sombras. Su implante visual se enfocó en una figura borrosa que se movía en la oscuridad. Alarmado, agarró su AK-47 y se preparó para enfrentar lo que fuera que estuviera allí.
—¿Quién está ahí?—, preguntó con voz firme. Un destello iluminó la figura y reveló a un viejo conocido, un compañero científico y amigo de tiempos pasados. El rostro de Rubén se iluminó con un atisbo de esperanza. —Antonio... ¿eres tú?—, murmuró con asombro.
Antonio sonrió con tristeza y se acercó a Rubén. —Sí, soy yo. He seguido tus pasos y te encontré aquí. Sabía que te encontraría en este lugar, el eco de la melodía me llevó hasta acá—.
Rubén bajó el arma y se acercó a su amigo, sintiendo una mezcla de emociones. —¿Qué haces aquí, Antonio?
—Vine a ofrecerte una oportunidad—, respondió Antonio. He estado trabajando en un proyecto secreto, una forma de devolverte tu humanidad, pero debes saber que es un camino arriesgado y desconocido—.
El corazón de Rubén latía con fuerza mientras escuchaba las palabras de su amigo. La posibilidad de recuperar lo que una vez fue lo llenaba de esperanza, pero también de miedo.
—Antonio, ya no sé si quiero ser humano de nuevo. La pinche humanidad nos llevó a este desastre y ahora soy solo un despojo de lo que alguna vez fui—, confesó Rubén.
Antonio lo miró con comprensión. —Entiendo tus dudas, Rubén, pero tú fuiste un visionario y un genio. Tal vez puedas encontrar la manera de redimirnos a todos, de llevarnos a un nuevo camino—.
Enfrentado con una elección difícil, Rubén El Negro Elizondo se sumió en una profunda reflexión. En medio de la oscuridad, la música seguía sonando, como un recordatorio de lo que alguna vez fue y de lo que podría ser nuevamente. El eco de la melodía resonaba en su interior y supo que la decisión que tomara en ese instante marcaría un nuevo comienzo para él y para todos. Sin saberlo, su historia ya estaba siendo escrita en un libro histórico, con la esperanza de que, algún día, la melancolía y la miseria se transformaran en armonía y redención. Quizá todo esto, quizá nada. Un sonido. O un silencio. A lo mejor el ruido de una bala. Tal vez nada. Nada.
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