Tras la sombra del placer
Era una noche inusual. Lo vi entrar al café con la confianza que sólo otorgan años de experiencia. Su rostro, curtido por el tiempo y las pesquisas, tenía la seriedad propia de quien ha presenciado lo peor de la humanidad. La bruma grisácea que se deslizaba por las ventanas parecía predecir una historia intrigante. El detective Rubén el Negro Elizondo se deslizó en el asiento frente a mí con una confianza que denotaba familiaridad. Lo conocía desde hacía años, habíamos compartido casos oscuros y secretos inconfesables, forjando un vínculo peculiar en medio de la corrupción y la decadencia de la ciudad. Sacó un cigarro del paquete maltrecho que siempre llevaba consigo y lo encendió con la parsimonia de un hombre que sabe que el tiempo está de su lado, aunque siempre en declive.
—¿Has oído hablar de la pornoliteratura, Gregorio?— fueron las primeras palabras que emergieron de sus labios. Me vi sorprendido por la pregunta, no sólo por su naturaleza inusitada, sino también porque parecía desconectar de los hechos rutinarios que llenaban su día a día.
—Depende de cómo la definas— respondí, intrigado. —Hay escritores que exploran la sexualidad de manera literaria, pero también está el contenido más explícito que se consume de manera clandestina—.
El Negro Elizondo exhaló una bocanada de humo que se elevó hasta mezclarse con la neblina que dominaba el ambiente. Su mirada penetrante parecía traspasar mis pensamientos. —He estado investigando a un autor de pornoliteratura— dijo finalmente, dejando caer una carpeta sobre la mesa.
La carpeta contenía páginas impresas con fragmentos de texto que habían sido interceptados en la correspondencia de un sospechoso. La mirada del detective no necesitaba más explicación; las palabras impresas eran crudas, directas, descripciones de encuentros sexuales que rozaban la frontera de lo grotesco.
—No es sólo la temática lo que me preocupa —continuó Elizondo— hay algo en la forma en que estos fragmentos están escritos, en la elección de las palabras y la estructura de las frases. Hay una cadencia, una especie de ritmo que se repite en cada una de sus obras—.
Tomé una de las páginas y comencé a leer. A medida que mis ojos se movían sobre las líneas, la inquietud crecía en mi interior. Había algo perturbador en la manera en que las palabras fluían, como una especie de danza macabra que atraía y repelía al mismo tiempo.
—Este no es un simple autor de literatura erótica —concluyó el Negro, en voz baja—sospecho que detrás de estas palabras hay algo más oscuro, una pista que nos conduce a un mundo que no podemos imaginar—.
Nuestros ojos se encontraron con una mirada cargada de significado. Aquellos fragmentos de texto eran como piezas de un rompecabezas que, una vez ensambladas, revelarían un cuadro aterrador. Con cada palabra que leíamos, nos adentrábamos más en un abismo de perversiones y secretos, donde la frontera entre la realidad y la ficción se desdibujaban peligrosamente.
La lluvia comenzó a golpear los cristales con insistencia, como si el cielo mismo intentara advertirnos del peligro que acechaba en las sombras. Rubén apagó su cigarro y guardó la carpeta con cuidado.
—Esto es únicamente el comienzo, cabrón— susurró. —Si hay algo que he aprendido en esta profesión, es que la verdad siempre nos sorprende, por más retorcida que sea—.
Asentí en silencio, consciente de que estábamos a punto de sumergirnos en una investigación que desafiaría nuestras convicciones y nos llevaría a los rincones más oscuros de la mente humana. En ese café, rodeados de misterio y desolación, comenzaba una búsqueda que nos llevaría más allá de los límites de lo imaginable, siguiendo la siniestra cadencia de las palabras impresas en aquel borrador, en cuya portada venían las iniciales: A. M. Ch.
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