Crónica de una muerte... Ay no, ese título ya existe.

A las once de la mañana, hora de trámites burocráticos y cafés recalentados, dos hombres vestidos de médicos intentaban abrir la puerta del cuarto de un vecino. El forcejeo era evidente; el dramatismo, gratuito. Pausé el Spotify y salí con un vaso de agua como pretexto: la curiosidad siempre busca coartadas.

    Los médicos, entretenidos en la maniobra, ni notaron mi primera pasada. Fue al regreso cuando decidí detenerme, lo suficiente para que me vieran. El más joven explicó, con voz de practicante inseguro, que buscaban a Andrés: no había llegado al hospital, no respondía llamadas.

    Yo, en tono de vecino razonable, sugerí lo obvio: “¿Y la dueña? ¿No tiene una llave extra?”. El par me miró con asombro, como si acabara de revelar un protocolo de la NASA. Saqué mis llaves, probé suerte, nada. Entonces propuse lo que cualquier portero de edificio conoce: preguntar al vigilante, revisar las cámaras, observar lo básico. Cada idea mía se recibía como una revelación.

    Finalmente la puerta cedió. Entramos. El dramatismo que ambos habían anticipado —el cadáver, la escena forense, el protocolo CSI— se disolvió en una habitación vacía. Andrés no estaba: ni en la cama, ni en el baño, ni colgado del balcón. Solo ausencia y una lámpara encendida de la noche anterior.

    El médico mayor, con tono de autoridad improvisada, sentenció: “Habrá que buscar a un familiar”. Se fueron deprisa, agradeciendo poco y mal, como si la escena hubiera quedado inconclusa.

    Regresé a mi cuarto y pensé: así es la ausencia en estos tiempos, sospechosa pero poco dramática. Me vino la idea —fue más una constatación que una amenaza— de que si alguna vez me suicidara en mi cuarto nadie lo notaría enseguida. He perdido amigos por causas que la memoria trivializa: cambios, peleas, silencios prolongados. Trabajo en línea; mis compañeros supondrían un fallo de internet. Mi ex apenas escribe. Tal vez de la escuela de mi hijo llamarían, ocho horas después, porque nadie lo fue a recoger. La vida cotidiana administra la desaparición con la misma eficacia con la que se archiva un mal recuerdo: tarde y con indiferencia.

    La moraleja es simple: los ausentes no se anuncian, se adivinan. Y a veces, ni eso.



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