El enojo de un fonsequiano
—Ay, mi amor, pero no estés enojado, mira nada más cómo te ves —me dijo una anciana en la calle, con esa ternura sospechosa que tienen las abuelas cuando diagnostican al prójimo.
Le sonreí a medias, porque ¿cómo explicarle que no estoy enojado, que lo mío es un entrecejo fruncido por costumbre? Aunque, si lo pienso, sí estoy molesto. No con ella, no con el clima, no con el tráfico. Estoy molesto con la vida, con su modo desfachatado de quedarse con lo que me debe... Porque la vida me debe dinero, porque trabajo y siempre falta dinero, porque ahorro y nunca alcanza. Me debe un empleo que no me desgaste como castigo medieval, sino que me haga sentir orgulloso al final del día. Me debe una casa propia, con paredes que aguanten mis frustraciones y no un departamento rentado que parece prestado por la caridad.
Me debe un auto clásico, de esos que rugen como si tuvieran alma y no la humillación de caminar contando monedas para el transporte. Me debe un equipo de DJ, completo, con mezcladora y bocinas, para sacar la música que cargo atorada en el cuerpo. Me debe tiempo... Tiempo para cuidarme, tiempo para darle un poco de orden a mi salud, tiempo para no ver cómo se escurre la vida como agua de llave mal cerrada.
Y, sobre todo, me debe una familia. Porque sí, la tuve; y sí, la arruiné con mis propias manos, con mis pendejadas. Pero aun así, la vida me debe la oportunidad de recomponerlo, de no sentirme un fucking extranjero en mi propia historia, en mi propio hogar.
Me parezco, lo sé, al protagonista de aquel cuento brasileño, El Cobrador, que recorría la ciudad reclamando lo que el mundo le debía (este es un texto-homenaje). Él quería todo: dinero, casas, respeto, felicidad. Yo también. Pero en vez de salir armado a cobrárselo a gritos y violencia, camino con el entrecejo fruncido, como recibo de deuda perpetua.
La anciana me miró otra vez y repitió: —No te enojes, hijo, que se te va a arrugar la cara.
Y pensé que tal vez tenía razón, las arrugas no son de enojo, sino de cuentas pendientes. Y en este país, donde se cobra todo menos la justicia, mi rostro es apenas el recordatorio de que sigo esperando lo que me deben. Porque al final no soy solo yo, a millones nos deben. Nos deben salarios dignos, casas que no se derrumben, ciudades que no nos devoren, hospitales donde no haya que vender el alma para conseguir medicinas. Nos deben paz, nos deben justicia, nos deben calles donde no desaparezcan los muchachos como si fueran sombras prescindibles. Nos deben hasta la sonrisa de los abuelos que, como esa señora, todavía creen que todo se arregla con un “no te enojes, mi amor”.
Yo, con el entrecejo fruncido, camino cobrando. No con pistola sino con el rostro convertido en reclamo. Y mientras la vida, el país y sus dueños me miran como si yo fuera el problema, sigo recordándoles que la deuda no prescribe.
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