Le di las gracias a mi psicólogo

Nunca había tomado terapia. Y no porque me sobrara salud mental, sino porque uno se convence de que sus problemas pueden esperar, como las reparaciones en casa, como el dentista, como los amigos a los que no se llama jamás. Había etapas de mi vida en que la idea de hablar con un psicólogo me parecía tentadora: entrar al consultorio, exponer mis miserias y que él, con su libreta de recetas mágicas, resolviera mi vida como quien sugiere un jarabe para la tos. Pero también pensaba lo contrario: que aquello era innecesario, una pérdida de dinero, la última invención de un capitalismo que cobra por escuchar lo que antes se le contaba gratis a un compadre en la cantina.

El cambio vino gracias a la televisión, esa consejera espiritual de las soledades modernas. Vi Shrinking (rebautizada en español como Terapia sin filtro), comedia dramática de Apple TV+ donde los personajes arreglan la vida a fuerza de confesiones frente a un terapeuta que no tiene filtro alguno. Inspirado —o engañado— decidí lanzarme. Además, en mi agencia ofrecen el beneficio como prestación. Terapia gratuita: nada se pierde, nada se gasta.

La sesiones fueron virtuales. Yo esperaba un manual, una introducción, un “bienvenido, paciente, aquí se llora una hora y se factura después”. Pero el psicólogo, con voz plana, me pidió que comenzara a hablar de cómo me sentía. Como en la vida real: nadie te da instrucciones, solo te lanzan al ruedo. Nada de prólogo académico, ninguna guía. Hablé, pues, a trompicones, sin cronología, como quien recita la lista de pendientes de la semana. Y así pasaron los miércoles, religiosamente, de 4 a 5 pm, como si fueran mis misas privadas.

En junio, cuando cometí lo que sigo considerando uno de los peores errores de mi vida, llegué derrotado a la sesión. Me confesé como la peor persona del mundo. El psicólogo me escuchó —eso creo— y, a las pocas semanas, me tranquilizó con un veredicto indulgente: “No es del todo tu culpa”. Y yo pensé: ¿será que el papel del terapeuta es vender consuelo en cuotas semanales? Quise creerle, pero una tarde lo sorprendí revisando el celular mientras yo desmenuzaba mis culpas. Pensé: tal vez estaba viendo memes, esos que circulan sobre gente triste con frases motivacionales mal traducidas.

Siguieron los meses. Yo recaía en los bajones, en esa depresión de fondo que no necesita permisos ni explicaciones. Él repetía los consejos que ya conocía de memoria: busca lo que te hace feliz, dedica tiempo a lo que disfrutas. Pero lo terrible es que nada me llena. Me convertí en un crítico ácido de todo y de todos. Amargura en oferta, 2x1.

Le dije alguna vez que, sobre todo los lunes, no quería seguir viviendo. Y no exageraba, vivir se ha vuelto un inventario de decepciones: harto de la gente, del trabajo de mierda, de la soledad que se disfraza de independencia. Nadie llama, nadie escribe, nadie pregunta. Mi ex apenas manda mensajes, mis amigos —si es que existen— se esfumaron, mi familia podría aprender rápido a vivir sin mí. Incluso pensé en mi hijo y he llegado a creer que hasta él se acostumbraría a una vida sin su padre. Y sí, la certeza de que si mañana desaparezco, la rutina nacional apenas se inmutaría.

La salud mental en este país se volvió una metáfora perfecta: gratuita en algunos empleos de oficina, inaccesible para millones, convertida en lujo para la clase media que paga por llorar en terapia. El Estado mira hacia otro lado, las aseguradoras hacen cuentas; y uno, agradece al psicólogo por haber sido un gasto nulo, aunque la depresión siga intacta.

Tres meses después estoy en el mismo sitio de partida: bajoneado, sin motivaciones, ni siquiera la de fingir entusiasmo. Y entonces he comprendido la gran moraleja de mis múltiples sesiones: mi psicólogo no me ayudó a salir adelante. Entendí que mi paso por la terapia es que la tristeza también se administra en formato corporativo: media hora de confesión, media hora de silencio incómodo y la promesa implícita de que sentirse mal es una falta de productividad. La salud mental se convirtió en un nuevo KPI: si sonríes en la oficina, funcionas; si lloras en tu casa, que sea después del horario laboral.

Y ahí le di las gracias a mi psicólogo, no por haberme salvado sino por recordarme que en este país hasta la depresión tiene que ser eficiente. Lo único bueno, lo único verdaderamente rescatable, es que no gasté un peso. La salud mental, en mi caso, terminó siendo otra prestación laboral que no rinde utilidades. 




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