El tatuaje del destino
Era una noche en la cual se presagiaba lo peor, viernes 13. Me subí al camión y todo el mundo me miró como si fuera un extraterrestre. No es que mi apariencia sea la mejor, pero tampoco es motivo para tanta sorpresa. Mientras avanzaba por el pasillo, los murmullos crecían, igual que las miradas de asombro y curiosidad. Una pareja, con una mezcla de deseo y cinismo, comentó algo sobre mi peculiar encanto. Otros pasajeros examinaron mis tatuajes con fascinación o desdén. Pero todo cambió cuando un hombre de aspecto recto y aburrido se plantó frente a mí.
—No puedes viajar así —dijo, con la seguridad de quien imparte una ley universal.
Confundido, examiné mi reflejo en uno de los cristales del camión. Me di cuenta de que no llevaba camiseta, sólo unos pantalones negros y unos tenis blancos. Sin embargo, lo que más me impactó fue el tatuaje recién hecho en mi espalda, cuyas letras aún sangraban. No tenía ni idea de cómo había llegado allí, ni de por qué llevaba una inscripción tan íntima en mi piel.
Intrigado, le pedí a la chica que estaba a mi lado, sosteniendo un libro, que leyera lo que estaba escrito en mi espalda. Ella lo hizo con calma, mientras el camión se detenía en un cruce. Todos los pasajeros nos miraban con una mezcla de expectación y desconcierto. El mundo parecía haberse congelado, aguardando un desenlace impredecible. La chica leyó en voz alta:
La sangre se derramó, pero el dolor era mínimo. Mi visión se nubló y el mundo se alejó lentamente, como si estuviera desapareciendo en un abismo sin fin. El camión, la chica, los pasajeros, todo se desvaneció en la oscuridad. En ese último aliento, me pregunté quién era esa persona que había escrito esas palabras en mi espalda y cómo habían llegado allí. Pero ya no importaba. Había escapado de ese enigma, de ese tatuaje que había llegado a ser mi perdición. En la penumbra, finalmente encontré la paz que tanto había buscado... Había perdido la memoria.
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