Horroroso, como un lunes
Era una noche larga y llena de pesadillas, figuritivamente hablando, porque en realidad era un lunes pesado, el más pesado que haya tenido. El camión rugía y temblaba bajo mis pies, como un animal herido que lucha por seguir adelante. Después de dos meses, la idea de volver a subir a ese monstruo de metal me parecía una tarea monumental. El accidente había dejado cicatrices, no sólo en mi cuerpo, sino también en mi espíritu. Cada paso hacia la parada de la Ruta 2 era una batalla contra el recuerdo de ese día fatídico.
Me subí al camión y el primer escalón hizo un quejido extraño y una nube de aire enrarecido y viciado me recibió. El interior estaba lleno, abarrotado de almas apresuradas y rostros desconocidos que parecían esquivar mi presencia. Curiosamente, eran las mujeres las que predominaban en ese viaje. Sus miradas se posaron en mí con un temor palpable, como si fueran testigos de un espectro que emergía de las sombras. El conductor, un hombre de gesto curtido por los años al volante, me negó con un ademán la necesidad de pagar. Agradecido, comencé a recorrer el pasillo estrecho en busca de un sitio libre. Los ojos de todos los pasajeros parecían seguirme, vigilantes, como si temieran que mi presencia trajera consigo algún tipo de desgracia. Mi saco azul marino, el mismo que mis compañeros de la oficina elogiaban por su apariencia pulcra y presentable, parecía no surtir el mismo efecto en aquellos ojos desconfiados. Me senté junto a la ventanilla, mientras una mujer obesa, que ocupaba prácticamente dos asientos, me cedió el lugar, aunque su gesto más parecía una huida que un gesto de cortesía. Miré mi reflejo en el cristal empañado. La imagen que me devolvió era un eco distorsionado de lo que alguna vez fui: el recuerdo del camión de Coca-Cola rugiendo hacia mí, devorándome, arrastrando mi vocho y mi cuerpo unos trece metros, inundó mi mente. Recuerdo que apenas tuve tiempo de cubrirme la cabeza, y aun así, las secuelas fueron ineludibles. Mi rostro, ahora marcado por las garras del destino, no era el mismo. Una canica negra ocupaba el espacio donde antes existía un ojo. Era un abismo oscuro, un reflejo de mi propia conciencia fracturada.
A pesar de todo, me mantuve en mi sitio, enfrentando las miradas curiosas y los susurros apenas audibles que se extendían por el pasillo. Aquel trayecto se convirtió en una travesía a través del abismo entre lo que fui y lo que ahora era. Y así, en medio del traqueteo del camión y el murmullo de los desconocidos, continué mi viaje hacia un destino incierto, arrastrando conmigo las huellas indelebles de aquel día, mientras el eco de mis propios pasos resonaba en la oscuridad de mi mente pudrida.
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