Maestras
Juana
fue mi maestra de historia, cubana –no sé si le decíamos así por la canción o
si en verdad se llamaba así–, usaba vestidos floreados muy entallados; su cuerpo
era prominente: caderas anchas, nalgona, muy chichona. Morena, de boca carnosa
(mamable), labios gruesos (mordibles); su peculiaridad eran sus ojos negros:
grandes y redondos, y sus pestañas laaargas-laaaargas. Una vez cuando me llamó
a su escritorio, le dije que era muy guapa, que me provocaba sueños mojados. Recuerdo
la escena y se me pone dura. Me sonrió, coquetamente, sólo dijo: «ay, Luis,
tú siempre tan oportuno», meneo la cabeza desaprobando mi atrevimiento. Pero
desde ahí me pasaba casi siempre al pizarrón. Le comencé a hablar de tú: Juana,
así a secas, nos sonreíamos como si fuéramos cómplices de algo.
Como ella sabía perfectamente que no pasaría del coqueteo, pues me
daba motivos para que en la noche me masturbara pensando en ella: se empinaba
frente a mí, me enseñaba de más su escote, hablaba más bajito, pausadamente y
cerca de mí. No sé si ahora lo estoy imaginando de más, pero creo que se me
juntaba mucho. Lo más cercano que la tuve fue cuando bailé con ella, en una de
las fiestas de clausura de año. Aproveché para arrimármele lo más que pude,
tenía la verga parada y la sintió luego-luego, porque durante la canción que bailábamos nunca
se me despegó. Traía un vestido con los hombros descubiertos, se los besé y me
miró sorprendida, pero no me reclamó. Para la siguiente canción, bajé un poco
mi mano, por debajo de su cintura, para poder acariciarle el culo, cuando
sintió que mi mano recorría esa zona prohibida, me volteó a ver nuevamente,
sonriendo, mientras movía la cabeza de un lado a otro, desaprobando mi acción,
pero aceptándola. Juana es de esas mujeres que quieres cogerte y deseas mucho pero sabes que no puedes hacer nada y no vas a poder hacer nada. El juego fue muy divertido. Me acuerdo y se me pone
bien dura, lo mismo me pasa cada que escucho: “Baila como Juana la Cubana”.
*
La
primera vez que me cogí a Miss Ivón-Bombón, estábamos en la casa de mi mamá, eran
comadres. Ella iba a visitarla, pero si no la encontraba, casi siempre la esperaba, si veía algo tirado pues lo recogía; o si había
platos sucios, pues lo lavaba y así. Siempre quiso mucho a mi madre y la apoyaba
en lo que podía. Recuerdo que aquel día llevaba una minifalda de mezclilla y unas sandalias beige, de plataforma, como de quince centímetros de altura;
desde que bajé a abrirle la puerta y dejé que ella subiera antes de mí para
verle el trasero, sospeché que algo pasaría. No había nadie en la casa más
que ella y yo. Después de verle el apretado culo (porque sí lo tiene apretado y
rico), tuvimos un pequeño roce cuando abrí la puerta principal para cederle el
paso: se percató y sonrió. De ahí me fui a mi cuarto y ella se quedó en la
cocina recogiendo. No cerré la puerta de mi habitación para poderla ver desde mi
cama. Yo traía unos shorts y comencé a jalármela. Ella se dio
cuenta y comenzó a agacharse, con el pretexto de guardar algún tupper en la
alacena inferior, pero sólo lo hacía para empinarse y enseñarme todo.
Después de eso, me saqué la verga, valiéndome madre y tocándome por
fuera del short para que ella se diera cuenta. Obvio me vio de reojo, pero no
hizo nada más que seguirse empinando. Pensé que era el momento adecuado, tomé el riesgo
y sin que se diera cuenta me paré atrás de ella y le embarré mi verga sobre su
falda de mezclilla. Después se la alcé y le puse mi serpiente en medio de sus
nalgas. Comencé a escuchar su acelerada respiración, hice a un lado su
cabello-meduzesco y lamí el cuello mientras le seguía untando mi pene erecto sobre
su culo. Recuerdo que me dijo: «Luisito, no está bien lo que estamos haciendo, pero
es algo que debemos hacer». Se bajó la tanga y agarró mi verga y se la metió, todo
esto estando de espaldas a mí. Cogimos un poquito así, recargados en el fregadero, después la volteé y la
besé en la boca, le enterré mi lengua y me dijo que estaba muy mojada. Me la
llevé a mi cuarto, la recosté sobre mi cama, le abrí las piernas y me la cogí
súper duro. Ahí pude quietarle la blusa y ella se quitó el brassiere, se lo desabrochó
y lo hizo a un lado; sus chichotas y el gran tamaño de sus pezones cafés, me
calentó muchísimo. Los mamé y enloquecí. Comencé a moverme sobre ella de forma
enérgica. Ahí sus gemidos se convirtieron en gritos. Me dijo que era una
chingadera para todos lo que estábamos haciendo, pero que le estaba gustando mucho.
Se levantó y pensé que ya había valido madre y que se había enojado, pero no: se desnudó toda y me pidió que hiciera lo mismo. Me dijo que me sentara a la
orilla de mi cama y se agachó frente a mí, me dio una de las mejores mamadas
que me han dado, porque también me masturbó con sus senos. Me preguntó si me
gustaba, asentí. Se paró, se dio media vuelta y se enterró de nuevo en mí. Ahora era ella la que se movía como loca, circularmente. Fue
perfecto, de repente ponía sus manos sobre mis piernas, mientras se enterraba
de arriba abajo, y de repente agarraba su enredada cabellera; mencionó que iba
a venirse otra vez y que quería ver mi cara, que por favor nos viniéramos
juntos. Se dio la vuelta, la sostuve de las nalgas y la cargué, y no dejé de moverme hasta que nos venimos.
De ahí, nos pusimos de acuerdo para poder seguir cogiendo sin
riesgo a ser descubiertos por mi mamá, por mi familia. Entonces, como mis
hermanos trabajaban incluso los fines de semana, los días que pasaba a verme
eran los sábados, con el pretexto de regularizar mi inglés. Le pedí que siempre
tuviera puesta su minifalda de mezclilla y sus sandalias. Le
gustaba usar tacones altos y pintarse las uñas de rojo y entonces cuando nos veíamos,
primero cogíamos sin que ella se quitara nada, ya después nos desnudábamos por
completo. No recuerdo cuánto tiempo duraron nuestros clandestinos encuentros, pero la pasé muy bien.
Me decía que quería que fuese yo quien la tocara en el baño, el que
le besara sus labios hinchados, el que la dedeara, el que la masturbara con la
lengua, el que me la cogiera para toda la vida. Al
final nunca aprendí inglés, ella se casó y se fue a vivir a Texas con un fucking
gordo de mierda.
*
Ana-Palindrómica fue mi maestra en la Prepa 5 y sin temor a decirlo, una de las causantes que me hiciera biólogo. Tiene un culísimo (y empinado aún más). En su clase me volví el consentido, por el tipo de ensayos que le entregaba: todos sobre el verdadero origen de la vida: los espermatozoides. Continuamente me pasaba al frente a explicar mis propias teorías. Recuerdo que una ocasión, al final de la clase, estando ella y yo solos, le dije que me fascinaban las mujeres que tienen la cara de puta. Sonrió y me cuestionó, sorpresivamente, si su cara era de puta. Asentí. Ana es de esas mujeres coquetas que se la pasan sonriendo todo el tiempo, que usan lipstick rojo carmesí y que hablan como gimiendo, siempre. Además, si le sumamos el culo y las piernotas que tiene, ufff. Durante un tiempo, antes de cogérmela, fue la reina de mis chaquetas. Cada que veía una porno, me masturbaba pensando en ella. En clase coqueteábamos mucho. Me escribía cositas calientes, en papelitos. A veces me le quedaba viendo, comiéndomela con la mirada. Sabía que ella se daba cuenta porque cruzaba la pierna, lentamente, para enseñarme sus calzones.
Hasta que un día sucedió lo que tenía que pasar. Después de ir con el grupo a
tomar unas cervezas a un restaurante en Coyoacán, me la di. Primero cenamos,
junto con otros compañeros y ahí comenzamos a chelear; algunos comenzaron a irse. Al final nos quedamos ella y yo. Me dijo que fuéramos a otro
lado; yo, todavía un poco pendejo, la llevé a otro bar, sin entenderle la indirecta. Sí, los hombres somos muy pendejos para captarlas. Afortunadamente en el lugar no había mesas disponibles, le dije que ya andaba picadón, que no quería
esperar y que si mejor nos íbamos a otro lado a beber. Aceptó. Caminamos
un poco por las calles de Coyoacán, en lo que pasaba un taxi. La besé, pensé que si me rechazaba, obvio no iba a querer meterse
conmigo a un hotel. Aunque sin problema lo hicimos. Creo que ella un poco
tomada, estaba igual de caliente que yo. Después me dijo que le excitó la idea
de cogerse a un alumno, que nunca lo había hecho, pero que iba a sentir lindo
que fuera precisamente yo. Le pregunté por qué y contestó que le gustaba mi
manera de ver y sentir la biología. Tomamos un taxi, rumbo a Tlalpan y nos fuimos
besando y tocando, durante el camino. Frente al hotel había un Oxxo,
compré un six de XX Lager y nos metimos al cuarto. Comencé a besarla sin dejar de agarrarle
sus enormes nalgas. Llevaba tacones altos, muy altos, medias negras y un
vestido del mismo tono y sí, toda su ropa interior combinaba: oscura totalmente, vampiresa;
llevaba una tanga de encaje, del sostén no me acuerdo bien porque se lo quitó
inmediatamente. Después de besarnos, le acaricié los senos por
largo rato con mi lengua. Ahí me pidió que abriera las cervezas y me dijo que no tenía por
qué ir tan de prisa. Le di una cerveza y se la echó encima de sus pezones. «Chúpalos
así, mucho mejor, ¿no crees?» Comenzó a desnudarme, me quitó la playera y el
pantalón, primero sólo me lo desabrochó, metió su mano, la tenía paradísima y
me dijo que la tenía muy rica y que se moría de ganas por tenerla adentro, pero
insistió en eso de que las cosas fueran con mesura. Entonces me bajó el pantalón,
pero me dejó los boxers puestos, así me la estuvo jalando durante un largo
rato. Después, ella se quitó el vestido. Hasta
ese momento me dijo que podía quitarme todo. Fue la primera vez que lo hice sin calcetines, no me importó el hedor de mis pies. Justo cuando iba
a metérsela, me dijo que no, que quería que primero mi lengua humedeciera sus labios: «ya sé cómo quieres hacerlo, me di cuenta desde la primera vez que me
viste morbosamente». No dije nada y se puso en cuatro a la orilla de la cama, nomames-nomames: el culo del diablo. La comencé a besar y me dijo que la nalgueara, que la besara y después más
nalgadas, que así le fuera combinando, que ella me diría el momento cuando
quería que la golpeara. Pasaron así unos minutos, después me dijo que me
subiera encima de ella por atrás, que primero la golpeara con mi verga sobre sus nalgas, después
unas pequeñas mordidas; cuando al fin me dijo que se la metiera. Me di cuenta que
escurría, en verdad, escurría. Así que entré fácil y descubrimos juntos el verdadero
origen de la vida.

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