Las camas de la muerte
¿Qué busco yo en los ojos de las tristes rameras
que cantan en las calles saetas taciturnas?
¿Por qué amo yo esos rostros de trágicas ojeras
que son flores monstruosas de mis frondas nocturnas?
[...] Yo amo esas almas raras, nobles y corrompidas,
con hedor de pantano y excelsitud de cumbres,
y lanzo mis estrofas más hondas y floridas
como lluvia de estrellas sobre su podredumbre.
Emilio Carrere.
A mí me gustan las mujeres que tienen la
cara de puta. Es por eso que Ivana me encantó desde la primera vez que la
encontré en la exposición que hubo de Goya en el MUNAL.
Últimamente, me he sentido
muy fatigado y débil. Hasta me cuesta trabajo escribir; parece que a los
compañeros del periódico ya les cansó mi semblante de diario: indiferente y
apático... pero, ¡qué importa ya! ¡Qué importa si salen o no publicadas mis
pinches columnas! ¡Qué me importan ellos! Y no sé por qué motivo me duele todo
el cuerpo. Según mi doctor, los análisis que recientemente me hicieron no
revelaron ninguna enfermedad. ¿Entonces? No comprendo los mareos que desde días
atrás me han perseguido, pero fue precisamente por eso que conocí a Ivana.
Casi nunca asisto a las
exposiciones de pintura, me desagrada tener que soportar a tanta gente
alrededor de mí, y más a la gente falsa. Admiraba el retrato que Goya hizo de
su mujer, cuando al lado de mí surgieron dos bichos, para que me entiendan: dos
hijos de puta. Un tipo obeso, calvo, con los ojos saltones y una papada enorme
que hacía desaparecer por completo su mentón y una mujer que lo acompañaba:
delgada, blanca, atractiva, pero que tenía la apariencia de ser uno de esos
bichos que evidentemente carecen de raciocinio. Por sus acciones, su forma de
hablar, de gesticular, de moverse, comprobé que se trataban de dos adinerados y
detestables burgueses. ¿Por qué el arte abre sus puertas a animalejos como éstos?
De inmediato terminaron
por fastidiarme. El gordo halagaba a las pinturas como si fuesen bailarinas
desnudándose en uno de esos burdeles de la Zona Rosa, a los cuales está más
acostumbrado a asistir:
–¡Qué portentoso, qué
logro!, mira Riana, a poco no son una maravilla, la mujer de Goya era
hermosísima...Igual que tú my girl. Ya verás, yo te haré una pintura similar.
Ella estaba con la mirada
perdida, sólo asentía con la cabeza.
–Oye Richi, ¿y de qué
están hechos los cuadros?
–¡Qué pendejos!– murmuré.
Aunque alcanzaron a escucharme, no me importó. Les sostuve la mirada con el
entrecejo fruncido y juntos agacharon la cabeza y caminaron hacia otra sala.
Preferí salirme del museo. Regresé más tarde. Ya casi anocheciendo continué con
el recorrido y me detuve hasta la sala de los grabados, titulada: “Los
desastres de la guerra”, fue ahí cuando caí desmayado... Al recuperarme vi a
una puta que me auxiliaba y pronunciaba palabras apenas entendibles con un
acento raro... En verdad era una puta: de ojos negros, una boca pequeña con
unos labios gruesos, muy gruesos; el cabello rojizo, lacio, debajo del hombro,
en capas. Su piel blanca, de una palidez envidiable.
–¿Te sentís bien?– Fue lo
primero que pude entenderle, aunque al parecer ella creía que no estaba
recuperado del todo, volvió a repetir:
–¿Te sentís bien?– Estaban
por cerrar el MUNAL, sólo quedábamos nosotros en la sala. Yo en el piso y ella
en cuclillas frente a mí, con una falda que le tapaba apenas las rodillas.
Sorprendentemente cuando me ayudó a incorporar, pude percibir que no traía ropa
interior.
–Si vos querés, podemos
shamar a un médico–. Su voz era ronca, se le escuchaba enérgica.
–No, muchas gracias, ya me
siento mejor. No sé cómo agradecer que te hayas preocupado por mí.
–Sabés, esto que te pasó
es algo natural. Sho sólo vi como vos caías al piso y sha. Sho no hice más que lo normal,
preguntar como te sentís y auxiliarte.
–¡Ah!, pues, muchas
gracias.
–…
–De verdad, muchas
gracias, ¿puedo pagarlo con algo? ¿Gustas un café? ¿Aceptas?
–Lo siento, tengo cosas
que hacer. Pero mirá, te dejo el teléfono del hotel en donde estoy
hospedándome, ¿te parece? ¿Lo querés?
Hay cosas que hoy todavía
no termino por entender. Regresé a casa, comencé a meditar algunas cosas del
inesperado encuentro. De mis mareos no quise pensar nada. Sobre ella comenzaron
a surgirme dudas, demasiadas. No sabía ni cómo se llamaba, cómo es que iba a
preguntar por ella en el hotel. ¿De verdad era una puta? No quería meterme más
cosas a la cabeza. Me masturbé unos minutos, después me quedé dormido.
Pasó una semana. Era obvio
que no podía llamar al hotel, así que fui con la idea de encontrarla, sobre
todo fui con la esperanza de que aún estuviera hospedada ahí. Ese día falté al
trabajo. Estaba entrando en la etapa de la desesperación, había caminado por
casi todo el hotel, había preguntado a algunos camareros por ella, dándoles la
descripción de cómo era. Cuando noté que mi presencia era un poco extraña y mi
actitud un poco sospechosa, me senté en un pequeño sillón frente a recepción,
precisamente en ese momento reconocí una voz a mis espaldas dijo:
–Justamente en la mañana
pasé frente al MUNAL y recordé al pibe que me había prometido una cena.
–¿En realidad lo prometí?
–No, estoy bromeando.
Dime, ¿qué hacés por aquí?, ¿hoy si saldremos a pasear?
No entendía su actitud,
por qué tanta disposición. Parecía como si nos conociéramos de tiempo atrás y
fuéramos grandes amigos. Muchas veces este tipo de mujeres, despóticas y
autoritarias, despertaban la timidez que me envolvía desde niño y que con el
tiempo fui aprendiendo a ocultar, pero que muchas veces salía a relucir sin que
pudiera esconderla.
–Claro– dije, con mi voz
temblorosa que logró percibir inmediatamente.
–No, por favor, otra vez no. Dime, ¿vas a
desvanecerte como la vez pasada? ¿Acaso no estás acostumbrado a tratar a
mujeres como sho?
Quedé pasmado cuando dijo
eso, qué clase de mujer era, ni siquiera sabía cuál era su nombre. No me gustó
su tono de voz, no me gustó sentirme como un paralítico al lado de ella, ni que
cuestionara lo de mi desmayo. Esta ocasión llevaba una blusa blanca de mangas
largas. El cabello suelto como la vez anterior. Una falda café a la altura de
las rodillas, lisa. Sus zapatillas del mismo color. Sus pantorrillas blancas,
marcadas, se veían excitantes. Mi pene permaneció erecto, como si quisiera
reventarme el pantalón.
***
Antes de que se fuera a vivir conmigo,
salíamos como si fuéramos dos estúpidos
pubertos. Íbamos a la Cineteca, tomábamos un té en cualquier lugar que
encontráramos desierto, había veces que nos quedábamos horas y horas en un
billar, a pesar de que siempre he detestado este juego, es más ni lo
consideraba como tal; en fin, actuaba para complacerla. Todo era a petición de
ella. Había un café de unos franceses, el cual me fastidiaba: no había mesas ni
sillas en el lugar, éstas eran sustituidas por sillones y camas, el requisito
para poder sentarse o subirse (en el caso de las camas), era que se tenía uno
que despojar de los zapatos, lo cual me irritaba; además era incómodo, sino es
que imposible, tomar cualquier bebida caliente encima de los inhóspitos
muebles. No soporté tanto tiempo así. Esta parte de mi ser: tímida, pasiva,
inocente, incluso a mí, me llegaba a desesperar. Pero sucedió que dejé a un
lado este lado apolíneo. Mi otra parte, la dionisiaca, la de la embriaguez, la
de la cópula, estaba ansiosa.
La primera vez que estuve
con ella fue algo escatológico: escuchando Requiem de Mozart, en una cloaca, en medio de ratas
y de insoportables hedores. Comprendí que el placer no sólo como señala
Bataille está por encima del dolor, sino por encima de cualquier otra
sensación. Habíamos ido a un bar al norte de la ciudad, salimos ya de madrugada
y no supe qué camino tomar de regreso. Nos perdimos. Cuando me di cuenta,
circulábamos por una avenida muy sólida, ancha, por cuyo camellón transitaba un
tren. El lugar era muy extraño, decidí que lo mejor era regresar, pero la única
manera era manejar en sentido contrario. Avanzamos así unos metros a muy baja
velocidad, cuando me di cuenta de que estábamos en medio de unos deshuesaderos
de autos, quise entonces virar el volante y se atascó, no pude controlar el
auto y nos salimos de la avenida. Fuimos a caer a un pequeño barranco, en donde
afortunadamente no nos pasó nada. Al salir del carro, con la oscuridad de la
noche, apenas podía ver a Ivana, le pregunté cómo se sentía, nos guiábamos sólo
con nuestras voces, respondió que todo estaba bien. Creo que lo más factible
era salir de ese lugar, en donde lo único que se alcanzaba a escuchar, y eso
lejanamente, era un sonido sinfónico que provenía seguramente de las zonas
residenciales que rodeaban al suburbio. Trepamos por aquellas montañas de
hojalata, pero en un momento resbalamos hasta ir a parar a un alcantarillado
enorme. No sé si permanecimos un rato inconscientes, pero cuando reaccionamos
lo único que proyectaba nuestra mirada era un febril deseo. Decidimos no
movernos de ahí, sólo eran nuestros cuerpos, sólo eso, dos cuerpos en medio de
aquella ciudad fantasma, volando.
Después de este
inimaginable comienzo, tuvimos casi trece semanas envidiables para cualquier
pareja. Incontables orgasmos. Hubo tardes que nos veníamos varias veces, sin
parar. Hicimos de todo. Éramos para concluir dos sátiros-amantes.
Lamentablemente, se fue.
La persona con la que volaba se fue. Me quitaron las alas para siempre.
***
Casi nunca veía el televisor, pero un día en
lo que esperaba a que llegara Ivana me puse a ver uno de esos canales
americanos que suelen entretener a su público con documentales risorios, en
donde presentan a las especies naturales más raras del planeta. Fue en ese
canal donde vi un dato muy curioso: el 40% de los accidentes caseros se dan en
el cuarto de baño. ¡Qué estupidez! Recordé entonces que ya otro día en el mismo
programa había visto que existían unas víboras, cuyo veneno curaba la
homosexualidad. No soporté tales tonterías, apagué el televisor y decidí
masturbarme en lo que amanecía. Ivana me mandó un mensaje al celular,
disculpándose de que no iba a poder pasar la noche conmigo. Fue la primera que la
pasaba fuera de casa.
Hoy en día, empiezo a
comprender lo irónica que puede ser la vida. Nunca imaginé que Ivana quedara
medio paralítica, precisamente por un accidente en el baño y menos que lo
tuviera cuando estábamos haciendo el amor. Aquel día, estábamos cogiendo en el
baño, después de que nos habíamos duchado. El piso estaba empapado, igual que
nuestros genitales; la tenía montada arriba de mí, cogimos de pie, sobre el
retrete, recargados en la tina. Justamente cuando la sostenía de las nalgas y
ella se balanceaba intensamente, sostenida con los brazos de mi cuello y con
las piernas abrazándome la cintura, resbalé hacia el frente y caímos, pero su
cabeza dio inevitablemente sobre el filo de la tina de baño. Creí que moriría
al instante, ese líquido rojizo que brotaba de su cráneo, como si fuera una
fuga intensa de la misma regadera, cubrió el azulejo, tiñéndolo completamente
de púrpura. Salí corriendo del departamento, casi desnudo, pidiendo ayuda. El
vecino del tercer piso me ayudó en todo. Telefoneó a no sé cuantos lugares para
que alguien viniera a auxiliarnos. A lo lejos, comencé a escuchar cómo una
sirena se iba acercando. Al parecer, Ivana no había perdido tanta sangre cuando
los paramédicos llegaron. Aunque pudo esquivar la muerte, no puedo salvarse de
la hemiplejia; la cual, según me explicaron se trataba de una parálisis parcial
de los miembros de la mitad del cuerpo. Como Ivana se había golpeado el
hemisferio izquierdo del cerebro, las partes inmóviles eran su brazo derecho,
su pierna y parte del rostro del mismo lado. Con dificultad podía mover la
boca; es decir, apenas movía sus gruesos labios para poder darme un beso, no
podía pronunciar palabra alguna. Al final, antes de que ella partiera, nos
comunicábamos a señas y en ocasiones me escribía frases en la tablet: te amo, Luis, quiero que
me hagas el amor otra vez, te necesito. Lo curioso era que, a pesar de que algunos
de sus miembros estaban completamente paralizados, podía lubricar, sí... ¡Lubricaba!
Entonces nuestro idilio continuaba a pesar de su hemiplejia. Lo raro eran sus
gemidos. Como no podía abrir la boca, expulsaba sonidos endemoniados, aunque
sinceramente eran excitantes, era como si estuviera cogiendo con el mismísimo
Belcebú. Otra de las cosas que quizá provocó su cansancio, era que no tenía
control de su esfínter, lo que provocaba que en plena penetración, orinara o
defecara encima de mí. A mí no me daba asco, pero Ivana creyó lo contrario.
Ahora todo ha terminado y
aún hay cosas que no entiendo. Nuestros roces comenzaron el día de su
cumpleaños. Le obsequié unos libros, pero noté un malestar que al principio no
entendí. Horas después me escribió una nota en donde me decía que si no había
pensado, siendo yo escritor, en un regalo más original, que cómo me había
atrevido a darle unos libros. En los consecuentes días, las cosas empeoraron,
ya no quería hacerme ni siquiera sexo oral. Le habían recetado medicamentos,
los cuales le permitían mover mejor la boca, lo que ocasionó que no comiera,
sino que devorara los alimentos. Subió de peso.
Un día, tal vez ya cansada
de tantas humillaciones decidió marcharse, argumentándome que no quería
lastimarme y que no quería ser un estorbo para mí, que debía que pensar muchas
cosas y que estando en Buenos Aires, su madre se haría cargo de ella. Yo no sé
si fue por eso que voló, no sé si dejo de quererme. Pienso en ocasiones que
posiblemente allá tiene un amante, pienso que nunca me quiso de verdad. Lo
único cierto es que si la tuviera en frente, le diría que la amo,
¡exactamente!, sólo eso, que nunca me atreví a decirle...Te amo, Ivana, no
entiendo por qué me has quitado las alas.
Ahora estoy aquí solo, con
esta incertidumbre que me carcome la piel, viendo la foto en donde sale
desnuda, en la pose que más me excitaba y con esa cara de puta que me embrujó.
Trato de masturbarme para imaginar que aún continúa a mi lado, pero ni eso
puedo lograr sin ella.
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