Eva




Una de las cosas que más recuerdo de mi niñez, fue la ocasión que le di mi primer beso a una niña. Tengo muy presente que no lo hice en la boca, sino es su vagina. Me acuerdo de como me ponía a lamerle su extraño clítoris: desnudo, hermético y puro; sobre todo recuerdo su olor a pescado…
El día en que Eva llegó a la hacienda, estaba leyendo en el corredor que se haya justamente al lado de la entrada. Me encantaba ir a ese lugar. Precisamente era donde mi madre me leía algunos de las historietas que ella misma había escrito. El cabello de Eva, a consecuencia de la brisa que caía en ese instante, le resaltaba aún más, conservaba un brillo intenso que contrastaba con lo pálido de su rostro. Cuando bajó de la camioneta, su primera mirada fue hacia aquel enigmático joven en cuclillas que sostenía un libro entre sus manos. No sé qué fue lo que más le llamó la atención, si el simple hecho de verme ahí sentado o la imagen que se plasmó debajo del tejado: yo, junto con mi libro favorito, sus pastas de piel, el olor de la tierra mojada y los destellos de luz que provocaban los relámpagos sobre mi rostro. Pero desde ese momento supe que, días más tarde, no iba a tener a Rulfo entre mis manos, sabía con certeza que Eva iba a estar en su lugar. Aquella tarde, llevaba puesta una falda negra, ajustada. Se podía notar su encanto infradorsal. En sus pies calzaba dos sandalias, color beige que desentonaban un poco con sus trece centímetros de altura, pero lo escotado de éstas y los listones que se enredaban entre sus pantorrillas, demostraban la perfección de sus piernas.
Un día permanecimos solos en la cocina. Me quedé petrificado al ver la blancura de sus pies. Recuerdo que me había pedido que leyera algo, aproveché el momento para observarla con detenimiento. Arrastré dos sillas del comedor y puse una frente a otra. Nos sentamos. Le pedí que fuera ella la que leyera. No había luz, por lo que sólo nos iluminaba la diminuta llama de una vela. La luz cubría cada parte de sus pies y hacia que éstos resaltaran sobre las demás partes de su cuerpo. Incluso su voz parecía perderse… la musicalización del poema se combinaba con los lamidos que daba a sus dedos: besé sus tobillos, los mordí. Mis boca parecía enloquecida. Quería besar sus labios, y no sólo los de su boca, quería comprobar que su vagina también tenía ese hedor ininteligible que me gusta y que disfruté desde niño, el olor embriagante a pescado.
–¿Gabriel, lo declamé bien? –me preguntó, interrumpiendo la fantasía con su voz ronca que la caracterizaba–. ¿Gabriel, te estoy hablando, lo leí bien?
–Sí– respondí, débilmente, en medio de la penumbra. En ese momento sentí mi cuerpo pesado, parecía como si estuviera cubierto por una inmensa capa de lodo, me quede inmóvil, no sabía qué hacer. Percibí que ella se había dado cuenta de mi situación y en medio de un cuadro totalmente pueril, salí huyendo.
La primera ocasión que la tuve en mis brazos fue una tarde muy extraña. Como el día en que llegó a la casa, llovió. Hecho inesperado, ya que por esos meses, en el pueblo, no caía ni una gota. Cuando salimos de la casa para caminar un momento, el cielo lucía escueto. Luis nos había conseguido dos cigarrillos de marihuana. Eva nunca había fumado. Para no quedar mal, le dije que yo ya lo había hecho en varias ocasiones. Le mentí. Siempre nos escondíamos en El Arroyito, aunque es sólo una forma de decirlo, ya que en el pueblo realmente no había de quién hacerlo. En aquel lugar había ocasiones que pasábamos tardes enteras. El Arroyito es un ojo de agua, rodeado de arbustos y grandes pinos, éstos hacen una sombra sobre el pequeño lago, por lo que parece que siempre es de noche. Esto fue lo que más nos llamó la atención, nos hacíamos a la idea de que el sol no existía. A Luis lo conocí ahí, era mi amigo desde hace tres años, sus costumbres citadinas lo hacían reflejar mayor edad de la que tenía. Sin duda, sus mañas y habilidades, con este monstruo que algunos ignorantes llaman vida, estaban por encima de las mías. Él me ha enseñado muchas cosas, una de ellas, por desgracia, mentir; pero por otro lado fue Luis quien me rectificó el gusto por la literatura. Me platicó que había leído en no sé donde que el arte es lo único que hace sobrevivir al hombre. En parte estoy de acuerdo, pero siempre le he debatido que la mujer también nos ayuda a subsistir. Él está en total desacuerdo.
Nos sentamos a la orilla de El Arroyito. Fumamos. Pasaban los minutos. Luis desapareció ante el cuadro romántico que proyectábamos. A Eva la había besado días antes, por lo que no se me hizo difícil acercarme a su boca y arrancarle un beso nuevamente. Nunca usó pantalones, acostumbraba usar faldas y sus inseparables sandalias, color beige. Siempre. Recostados sobre el césped, la besé con más intensidad. Comenzó a gemir. Mientras le lamía el cuello, con las manos le acariciaba las piernas y le agarraba las nalgas; ella no ponía ninguna resistencia, mostraba el mismo deseo. Recuerdo que se despojó de sus pantaletas, dejándose la falda puesta. Me desabrochó el pantalón, abrió la bragueta y comenzó a besarme. Mi pene estaba erecto y húmedo. Sus manos eran hábiles, su boca, aún más. Se subió en mí y comenzó a moverse con gran rapidez. Sentí su vagina mojada, completamente empapada. Sus senos estaban descubiertos. De esta forma podía besarlos y lo que más le gustaba a ella, chuparlos de manera intensa. Sus pezones eran grandes y muy oscuros. Eva se seguía moviendo, maniáticamente. Cambiaba de ritmo. Primero lento y después, inusitadamente, aceleraba. Sus gemidos eran con más intensidad, casi ensordecedores. Sin embargo, no me molestaban, me excitaban más. Comenzó la lluvia, ésta fungió como un lubricante para nuestros cuerpos. Como algo mágico, las gotas nos fortalecían.
Todo iba a la perfección, la felicidad nos enceguecía de lo que ocurría a nuestro alrededor. Pasaban los días y nosotros seguíamos con nuestras perversiones; sin embargo, todos los actos tenían que llegar a su fin. Papá nos descubrió. Fue una catástrofe para él y para el resto de la familia. Hubo momentos en que estuvimos a punto de ser descubiertos, pero con un poco de suerte siempre nos salvamos. Nunca nos pasó por la mente que nuestro propio padre nos vería coger.
Me había olvidado decirlo, Eva es mi media hermana. Papá había decidido traerla a vivir con nosotros después de que ella terminara su año escolar en el internado. Aparte de tener el mismo papá, nos unía otra cosa. Ninguno de los dos teníamos mamá. La de ella murió a la hora del parto; la mía, hace cuatro años a causa del terrible virus del Ébola.

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