“El placer del lector, a través de la violencia-erótica”
Existe una evidente correlación entre la violencia y
la tortura. Se trata de una cuestión de tempo, de velocidades.
La tortura es como la violencia vista en slow motion.
Salvador Elizondo.
Por muy contradictorio que parezca, es una tortura cada vez que tengo, entre mis manos, un libro de Salvador Elizondo o, en su caso, de José Revueltas. Escritores que tuvieron siempre la preocupación por la importancia que debe tener el lenguaje literario. Y es que el acercamiento a sus obras da como resultado una lectura masoquista. Por momentos lastima tanta erudición, tanta inteligencia, pero a la vez se disfruta de ellas. Es complaciente la forma como logran manipular la lengua… La lastiman, la hieren, pero siempre con gran sutileza. En concreto, violentan artísticamente la escritura, provocando el placer del lector.
Elizondo: narrador maldito, febril torturador
¿Cómo es que la violencia, de los textos literarios, genera placer? Primero que nada, el lector debe estar en el papel del torturador y no, en el del torturado. Es decir, debe ser lector-violador y no lector-violado. En la mayoría de los casos uno debe ponerse en el papel del personaje que tiene el poder. Esta característica se observa en la fotografía que aparece en Farabeuf, el lector se inclina por el papel del verdugo, y deja a un lado el del supliciado. Este caso es perfecto para indicar cómo a través de la violentización hacia el otro, surge perversamente, el erotismo y, por consecuencia, el placer.
Elizondo fue un ansioso lector del filósofo francés Georges Bataille, el cual señala que el erotismo es: “considerado como característica diferencial del hombre”, y sin duda ésta y otras ideas están impregnadas en la obra de Elizondo. Subrayar que fue precisamente de Las lágrimas de Eros, de donde se sacó la fotografía del suplicio chino llamado “Leng-Tch’e” y, desde luego, de donde germinó Farabeuf, según palabras del propio Elizondo:
Esa imagen se fijó en mi mente a partir del primer momento que la vi, con tanta fuerza y con tanta angustia, que a la vez que el solo mirarla me iba dando la pasta casi automática para tramar en torno a su representación una historia, turbiamente concebida, sobre las relaciones amorosas de un hombre y una mujer.
Esta imagen es, como señala el propio Bataille, la que advierte todas las características trascendentales del erotismo: “la crueldad, la violencia, la violación de la interioridad del cuerpo humano, la profanación de las estructuras vitales, el atentado contra la interdicción, la fascinación del suplicio y el éxtasis místico”.
A pesar de que el supliciado es una personalidad ambigua, me he inclinado por la idea de que se trata de una mujer. He llegado a esta conclusión ya que en la fotografía se nota la extirpación de los senos, la delgadez del cuerpo y las diferencias faciales que hay con el resto de los hombres que la rodean, pero sobre todo, por el sexo limpio, carente de falo.
Si bien, en la obra de Elizondo hay una tendencia a ciertos detalles misóginos, esto no es más que una reacción por el sentido de inferioridad que siente el hombre respecto a la mujer. Y una manera de contraatacar es degradarla y más aún, en una sociedad totalmente patriarcal y machista como la nuestra. En el texto de “Novela conjetural”, el personaje de Amalia comienza siendo, en el primer punto, una mujer; pero ya para el punto XVII, no es más que una cosa. Se cosifica a lo femenino. Tal vez esta violencia no es tan evidente y es sólo una interpretación más, pero ejemplificaré con otro texto, en donde la violencia en contra de la mujer es explicita, además aunado, de que se trata, morbosamente, de un pasaje de la autobiografía de Elizondo:
Nunca he tenido grandes prejuicios contra el uso de la violencia física contra las mujeres. Hay algo en su condición que la atrae y la desea. Ese día, creo que agoté para siempre todas las posibilidades de ser brutal […] mientras me ensañaba de la manera más bestial contra su cuerpo compactado en las actitudes más instintivamente defensivas que pudiera adoptar, experimentaba al mismo tiempo el placer de, mediante la fuerza física, poder aniquilar una concepción del mundo. Sólo tuve la presencia de ánimo, mientras la golpeaba, de notar que sus posturas eran, en cierto modo, idénticas a las que adoptaba cuando hacía el amor.
Regresando con Farabeuf, una de las escenas primordiales en donde: “tortura y erotismo se vuelven valores idénticos”, es la del -acto llamado carnal o coito-, entre el Dr. Farabeuf y la enfermera. Aquí la prosa se vuelve poesía. Es sublime la forma en que Elizondo narra estos instantes. No hay vulgaridad, no hay pornografía. Son las palabras las que sobreviven por ellas mismas: pasión, carne, placer, cuerpos, orgasmo… La fluidez del discurso con la cual Elizondo describe la similitud de acto sexual, con una intervención quirúrgica, es un acto propio de un demente-cirujano-escritor. Es entonces cuando es bisturí-falo hace su aparición. Esta herramienta-miembro que penetra-corta y satisface (porque es el falo quien al ultrajar los labios femeninos se baña en semen y el bisturí quien al atravesar, se empapa de sangre); es decir, el placer por encima del dolor: “Y entonces me abandoné a su abrazo y le abrí mi cuerpo para que él penetrara en mí como el puñal penetra en la herida”. Escena, perdurablemente instantánea: un minuto nueve segundos de cópula intensa, de perversidad lujuriosa. Vuelvo a señalar, lujuria que no cae en lo vulgar, porque tiene de respaldo el lenguaje poético:
De pronto se oyó ese grito, su grito, un grito que hizo caer la noche definitivamente y que despejó el cielo. Como un rostro visto a través de la ventanilla de un tren en marcha, al producirse el grito de aquella mujer, tú pudiste ver, fugazmente, la amplitud magnífica de un cielo estrellado, y escuchaste, viniendo de la ventana que da sobre el jardín abandonado, con toda claridad, ¿no es así?, el tumbo acompasado de las olas, ¿recuerdas?
El acto sexual termina en un instante, el mismo instante que es capturado por la fotografía; la eyaculación se corresponde con el flash. La intensidad de un solo tiempo, del tiempo exacto, capturado en el rostro de la mujer-cristo. Rostro que refleja el éxtasis en la mirada, en sus ojos con la vista al cielo. El mismo cielo que alcanza a ver una mujer, en el momento exacto que siente un orgasmo. Y es que a Elizondo le gusta hacer este tipo de analogías. En el texto de “Ambystoma Triglinum” se percibe nuevamente un lenguaje fálico, por lo tanto, violento. Además, violento hacia la mujer. La analogía que se hace aquí es la de un ajolote con la del miembro masculino, y al parecer tiene que ver con una masturbación frente a una mujer:
“A veces empuño al más pequeño (el pene), que se debate obscenamente mostrando el envés sonrosado de su cabeza como glande (más explicito no podría ser) y de su panza, agitando en pequeñas convulsiones (a punto del orgasmo) […] Lo tengo unos minutos así cogido y luego, mientras el ajolote boquea convulsivamente, lo aproximo a las mujeres (¿a sus bocas?) que mientras por dentro se abren y se cierran como las vulvas de una ostra, (¿su sexo?) gritan horrorizadas, (¿ofendidas o complacidas?) por esa forma, (¿viscosa?) por esa fluidez contenida, (blanca y pestilente) por esa humedad (¡El semen!)”.
Y así, hay muchos pasajes en la obra de Elizondo que denotan cómo su narrativa es tan bien lograda, en donde además se remarca siempre su preocupación por la importancia del texto como tal:
Somos el pensamiento de un demente. Alguno de nosotros es real y los demás somos sólo su alucinación. Esto también es posible. Somos una errata que ha pasado inadvertida y que hace confuso un texto por lo demás muy claro; el trastocamiento de las líneas de un texto que nos hace cobrar vida de esta manera prodigiosa. O un texto que por estar reflejado en un espejo cobra un sentido totalmente diferente del que en realidad tiene […] Somos la imagen fugaz e involuntaria que cruza la mente de los amantes cuando se encuentran, en el instante en que se gozan, en el momento en que mueren. Somos un pensamiento secreto…
Desde luego que no se puede dejar de lado “El grafógrafo”, en el cual se violenta el tiempo, el narrador, los personajes…en realidad –¿Existe esa realidad?- quién escribe, quién es el grafógrafo: el lector, el escritor es la palabra divina, trece líneas bastan para la comunicación con Dios.
Revueltas: Seductor poético, maestro redentor
Si la prosa de Elizondo es poesía, de igual manera, José Revueltas es un maestro en ello. Sus figuras, sus metáforas, son inigualables. Descripciones únicas y artísticas:
La Chata aparecía ante sus ojos, jocunda, bestial, con sus muslos cuyas líneas, en lugar de juntarse para incidir en la cuna del sexo, cuando ella unía las piernas, aun dejaban por el contrario un pequeño hueco separado entre las dos paredes de piel sólida, tensa, joven, estremecedora.
En el inicio de El apando, no hay seres, ni nombres, ni siquiera sexos, sólo, animalidad, homosexualidad: mono y mono; el narrador confunde, el tiempo desorienta, ¿existe el tiempo? ¡Es pasado y presente! No importa el contexto, sólo la palabra. Ni siquiera hay párrafos, un solo punto final. Pero nada de esto importa, ya que de respaldo está lo lúcido del lenguaje, y con él, la violentización sagrada de las palabras: “Esos putos monos hijos de su pinche madre”.
A diferencia de Elizondo, en esta obra de Revueltas la violencia no está oculta; y si se me permite dirigirme con un lenguaje cinematográfico, las escenas siempre se retratan con zoom, la sangre se puede sentir y oler de cerca en todo momento. Asimismo lo erótico no se haya entre líneas, al contrario, va ligado y se desprende, de la misma forma como "El Carajo" se desprendió del vientre de su madre, de la violencia.
Este vínculo entre la violencia y el erotismo tiene un carácter más filosófico en la obra de Elizondo; sin embargo, con Revueltas es más carnal, más depravado. Desde luego que tiene que ver con lo marginal de los personajes revueltianos. Porque sólo animalizándolos manifiestan el lado dionisiaco, cruel y degenerado del hombre.
Y es que aquí no importan los sexos, ni el de los propios lectores. No tiene importancia el hecho de que sea un lector el que se fascine por la “Danza del vientre” o una lectora, la que quede embrujada “con el manoseo de la celadora”. Lo importante es cómo Revueltas logra que sus lectores queden embriagados por el placer que producen sus palabras, por muy agresivas que sean éstas:
Una danza formidable, emocionante, de gran prestigio en el Penal, que producía tan viva excitación, al extremo de que algunos, con un disimulo innecesario, que delataba desde luego sus intenciones en el tosco y apresurado pudor que pretendía encubrirlo, se masturbaban con notorio y violento afán, la mano por debajo de las ropas.
Y si con “El grafógrafo” se logra una comunicación con Dios, en un pasaje de El apando, metafóricamente, se logra con el Diablo. Precisamente con la transtextualidad del diálogo-pensamiento de Meche en donde en un solo instante (igual que Farabeuf) disfruta hacer el amor con Albino, al mismo tiempo que: “Desvestida ya de su ropa interior Meche presentía los próximos movimientos de la mano de la celadora”. Todo este cuadro está empapado de una violencia erótica, placentera. Revueltas, lo mismo que Elizondo, utiliza las palabras adecuadas: caderas, pubis, vellos, deseo, vientre, coito. Con lo cual se logra demostrar cómo la mujer es capaz de enajenarse a los hechos presentes y puede, peculiar y astutamente, recurrir a través de su inteligencia, a los recuerdos:
… con lo que el propio vientre de Meche parecía transformarse ⎯o se transformaba, en virtud de una sediciosa trasposición⎯ en el vientre de aquél (ella, Dios mío, como si se dispusiera a funcionar en plan de macho respecto a la celadora) al filtrarse dentro de estas sensaciones la imagen de Albino…
Es evidente que una de las formas de exorcizar la violencia de nuestro cuerpo es a través de la literatura, ya sea creando la escritura o recreando la lectura. Elizondo y Revueltas divergen en varios aspectos literarios, pero no hay duda de que coinciden en uno, el lenguaje, que en muchas ocasiones resulta violento, pero del cual se desprende, sutilmente, un febril erotismo, exacerbado en el caso de Revueltas y elidido en Elizondo. Los dos logran tenazmente una excelente manejabilidad de la lengua escrita.
En ambos casos encontramos violencia sexual-erótica, y la coincidencia se da por igual, en el hecho de que se efectúa sobre las mujeres. Porque Albino es el que posee el poder de realizar la “Danza erótica” y es el Dr. Farabeuf el que practicará el daño físico sobre el cuerpo de su víctima; pero es Meche la que disfruta ante las caricias de la celadora, y la enfermera (y la mujer de la foto) la que con el suplicio encontrará el mayor goce.
Es importante rescatar, sobre todo, que no siempre la violencia es negativa o mala, también existe una violencia que se disfruta, una violencia que si bien causa dolor, éste se queda desplazado por el placer…el placer del lector.

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