Navajeada anónima

Era una noche airosa en la Ciudad de México. El detective Rubén el Negro Elizondo estaba sentado en su oficina, escuchando a su tocayo Blades, fumando un cigarro y tratando de desentrañar el misterio que lo tenía perplejo. Había recibido una llamada de su colega Gregorio Samsa, durante la madrugada previa, informándole que la policía de la alcaldía Benito Juárez había encontrado el cuerpo de una mujer joven, en una calle cerca del metro Ermita. La víctima, de unos veinte años, estaba vestida elegantemente y llevaba un bolso de mano. Parecía que había sido golpeada y estrangulada.
    El Negro había estado trabajando en el crimen durante todo el día, pero aún no había encontrado ninguna pista significativa. Estaba a punto de cerrar el caso como un homicidio sin resolver, como suele pasar con los asesinatos en contra de prostitutas, cuando recibió una llamada anónima.
    —Escucha, Elizondo —dijo una voz aguardientosa al otro lado de la línea— tengo información importante sobre el asesinato de la joven. Podemos encontrarnos en el parque de los Venados, esta noche, a las diez en punto.

    Rubén no tenía mucho que perder, así que decidió aceptar la invitación. Se reunió con el desconocido en el parque, a la hora acordada. El hombre era alto y gordo, llevaba un sombrero de ala ancha, de medio lado, que le cubría el rostro. Le entregó al detective un sobre blanco.
    —Esto te ayudará a resolver el caso —dijo el hombre antes de desaparecer, en medio de la oscuridad.

    Dentro del sobre, el detective encontró un boleto de ADO con el número de asiento 34. Era para un viaje a Veracruz, concretamente a la ciudad de Orizaba, a esa misma hora. El Negro se puso en contacto urgentemente con la policía veracruzana y les informó los detalles. Les pidió que investigaran ese número de asiento y que detuvieran a cualquier persona que lo estuviera ocupando.
    Cuando el ADO llegó a Orizaba, transcurrida la medianoche, la policía detuvo a un hombre que se encontraba en el asiento 34. El tipo resultó ser el asesino de la joven. Confesó sin oponerse. Había huido a Orizaba para esconderse con su familia, pero gracias al boleto del camión y a la información anónima, el detective Elizondo había sido capaz de resolver el caso, sin complicaciones y a la distancia.
    Después de que la policía estatal arrestara al asesino y se le informara al Negro, éste regresó a su oficina. Se sentó en su escritorio y encendió otro cigarro. Miró el boleto del camión una vez más y se preguntó quién habría sido la persona que se lo había entregado en el parque. Nunca lo sabría ni le interesaba, pero le agradeció
mientras cantaba una estrofa de Pedro Navaja por haberlo ayudado a resolver el caso, al mismo tiempo que veía cómo las bocanadas de humo chocaban contra las paredes de su oficina.





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