Las joyas

Era una noche que estaba acompañada por una lluvia de ceniza, lo cual era un recordatorio constante de la violencia que había inundado a la ciudad en los últimos meses. Nadie estaba a salvo, ni siquiera aquellos que creían estar protegidos tras las paredes de una casa de lujo. Rubén el Negro Elizondo había sido contratado para investigar un robo de joyas que había ocurrido en la colonia Del Valle, pero ahora se encontraba en una situación completamente diferente.
La mujer en la bañera no era ninguna de sus sospechosas, pero aun así algo no cuadraba: una Glock apuntándole, ella parecía tranquila y confiada en su propia seguridad. Sin embargo, su actitud no hacía sentir menos vulnerable al Negro.

—¿Quién eres? —preguntó. 

—Soy una viajera sin destino —respondió ella—. Y tú, ¿quién eres tú? 

—El Negro –contestó el detective—. Y tú estás violando la ley con esa arma. 

—¿Y quién te dice que no tengo una licencia para portarla? –replicó ella con una sonrisa enigmática. 

En ese momento, la puerta del cuarto se abrió de golpe y dos hombres armados entraron. Miraron de reojo a la mujer desnuda en la bañera, pero centraron su atención en Elizondo.

—¿Eres tú el detective? —preguntó uno de ellos.

—Sí, lo soy —respondió sin gracia—. ¿Y ustedes?

—Somos de la policía –dijo el otro hombre—. ¿Qué está pasando aquí?

—Eso es lo que me gustaría saber —respondió el Negro, señalando a la mujer en la bañera—. Esta mujer estaba apuntándome con una Glock.

La pareja de policías parecía confundida, pero se acercaron a la bañera para investigar la situación. La mujer aún sostenía el arma, pero no parecía dispuesta a utilizarla. Con la ayuda de uno de los agentes, la desarmaron y la sacaron de la tina. Rubén aprovechó la oportunidad para examinar la mesita al lado de la bañera.

—¿Qué es todo esto? —preguntó el detective, señalando el libro de Henning Mankell y los demás objetos.

—La desnudez de la mujer no es un delito —respondió uno de los policías con un tono sarcástico.

Pero el Negro no estaba interesado en su sarcasmo. Encontró un pequeño papel arrugado debajo de la copa de vino y lo desdobló. Era un mensaje codificado que parecía tener que ver con el robo de joyas que había estado investigando. Parecía que Elizondo había encontrado a su verdadera sospechosa.

—Esto puede ser importante —dijo, mostrándole el mensaje a la policía.

Los hombres lo miraron con sorpresa, pero luego empezaron a revisar el cuarto más detalladamente. Mientras tanto, la mujer permanecía callada, observando todo con una expresión impasible, sosteniendo un cigarrillo en la boca. Después de algunos minutos, los policías encontraron más pruebas que conectaban a la mujer con el robo. Había sido un golpe de suerte encontrarla allí, pero la lluvia de ceniza seguía cayendo y la ciudad aún estaba llena de peligros, esos que no se observan a primera vista.



Comentarios

Entradas populares