Caso fácil
Era una noche bochornosa en la ciudad de México. El detective Rubén el Negro Elizondo estaba sentado en su despacho, tomándose una cerveza, fumando un cigarrillo y esperando una llamada esperanzadora; había pasado semanas investigando un caso de asesinato, pero no había llegado a ninguna parte. Se lo estaba llevando la chingada, el América, equipo de sus amores, iba a mitad de la tabla por culpa de su portero titular, un manco que alinea solamente porque su mujer es influencer dentro de la televisora dueña del club. Justo cuando estaba a punto de apagar su cigarrillo y cerrar su oficina, sonó el teléfono. Era su compañero, Gregorio el Samsa Rodríguez, quien le informó que habían encontrado un cuerpo en un callejón cerca del oriente de la ciudad.
Rubén se apresuró a llegar al lugar del crimen, donde encontró a Gregorio hablando con un grupo de policías uniformados. El cuerpo estaba tendido en el suelo, cubierto por una lona blanca y acordonado por las clásicas cintas amarillas. El Negro se acercó y levantó la lona, examinando cuidadosamente el cuerpo. El hombre había sido apuñalado varias veces en el pecho y en el abdomen. Parecía haber luchado antes de morir, ya que su ropa estaba desgarrada y su cuerpo cubierto de moretones y arañazos. Elizondo entrevistó a los transeúntes metiches y a los vecinos chismosos, pero nadie había visto nada sospechoso. Sin embargo, cuando revisó la billetera del hombre, encontró una tarjeta con el nombre de un tal "Juan S.", que llevaba la dirección de un bar cercano.
Rubén y Gregorio fueron al bar, el cual estaba lleno de humo y ruidoso reguetón. Al preguntar por Juan S., uno de los camareros los señaló hacia una mesa en el rincón, donde un hombre solitario estaba bebiendo en silencio. El Negro se acercó al hombre y se identificó como detective. Le preguntó sobre la tarjeta, pero el hombre negó saber algo al respecto. Rubén decidió presionar un poco más, recargándole la escuadra en las costillas y lo acusó directamente del asesinato. En un momento de debilidad y hartazgo, más que de miedo, Juan S. confesó que había tenido una pelea con la víctima en un callejón cercano al bar. Dijo que la víctima le debía dinero y que se había enojado cuando se negó a pagar. La pelea se había salido de control y—en un arrebato de ira, cuando el asesino se enteró que además la víctima era un padrastro violador— Juan lo apuñaló hasta el cansancio.
Rubén arrestó, sin aspavientos, a Juan S. y lo llevó a la alcaldía para su procesamiento. Después de todo, aunque la noche había sido atípica y a pesar de que no era el crimen que necesitaba resolver, finalmente había logrado resolver un caso, un caso fácil.
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