Queriendo volver
A Sayuri la conocí en la secundaria, iba un año arriba de mí y esa ventaja nunca la perdió. Su padre, un japonés que huyó del Sol naciente por una supuesta acusación de asesinato, junto con su madre, una negra de la costa sinaloense, la trajeron a vivir a la Ciudad de México recién había cumplido los trece años.
En aquel entonces era la más alta de su grupo, pero no sólo llamaba la atención por sus 1.70 cm, sino por su atractivo cuerpo mulato y sus ojos rasgados. Un día, durante el recreo, le pegué un balonazo en las nalgas. El balón se quedó muerto cerca de sus pies. El único que se atrevió a ir por él, entre todos mis compañeros, fui yo. Entonces escuché su voz, entre anorteñada y costeña, ese tono de voz que jamás olvidaré: «¿Y ninguna disculpa? ¡Qué pinche tino, cabroncito!» Me disculpé con una sonrisa. A partir de ese momento surgió nuestra conexión.
Nos hicimos novios como al tercer día. Dejé de jugar futbol durante el recreo y en su lugar me la pasaba encerrado en los baños con Sayuri. Fue ella quien me hizo mi primera felación. Le encantaba que terminara en su cara. También nos gustaba ir al cine, aunque a diferencia de otras parejas sí veíamos la película; ambos éramos seguidores del tour de cine francés. Igual nos escapábamos a su casa, saliendo de la escuela. Aprovechábamos las tardes cuando no estaban sus papás y nos tocábamos hasta lo que no. Fue un jueves de abril, en mi cumpleaños, cuando cogimos por primera vez. Mientras se la metía, en su discman sonaba "Like a friend" de Pulp. «Es la mujer de mi vida», pensé erróneamente, después de terminar en su boca.
Pasó esa febril temporada y al entrar a la prepa nos dejamos de ver. Desapareció por completo. Se mudaron de casa y no dejó ningún rastro. Ni uno solo. Fue Sayuri la primera mujer que me rompió el corazón.
Apenas la semana pasada, alguien me llamó desde Messenger, alguien a quien no tenía en mis contactos. Cuando escuché el tono de voz, de inmediato la identifiqué, pero fue como haber escuchado a una muerta: «Reacciona, cabrón... Soy yo, Sayuri, tu geisha sinaloense».
-¿Cómo conseguiste mi teléfono?
-Con esos apellidos eres muy fácil de encontrar, no chingues. Pero ¿neta? Eso es lo único que se te ocurre. ¿No te alegra que te esté llamando?
-Sí, no es eso. Estoy muy sorprendido.
Pactamos una cita. Después de cenar en un restaurante italiano nos fuimos a mi departamento. Cuando llegamos le encantó la decoración. Me felicitó por mi buen gusto y por haberme superado. Comentó que siempre había creído en mí y que sabía que ese cabroncito caliente iba a llegar a algo muy serio. No sé a qué se refería. Destapé una botella de tinto y serví dos copas. Le dije que brindaba por el gusto de volver a verla. Vació la copa y se me lanzó. Me besó enérgicamente. Había puesto previamente una playlist y sonó el cover de "Just like" que hizo The flaming lips. Fue ella quien se despojó del vestido rojo e hizo que me pusiera de pie, para poder hincarse frente a mí. Me quitó el cinturón, me desabrochó el pantalón y quiso bajarlo... quiso bajar también mi bóxer, sacarme la verga, acariciarla con su lengua, metérsela a la boca, succionar, morder, lamer. Después empinarse, ponerse en cuatro y gritarme que se la metiera fuerte. Quiso decirme que estaba muy caliente y que quería sentirme dentro de ella. Quiso que la sostuviera de su frondosa cabellera mientras la embestía, que la pellizcara, mordiera, nalgueara... Y digo quiso porque no la dejé. Le expliqué que me había operado para quitarme el miembro, que vivía con mi pareja, que nos dedicábamos a los bienes raíces y que nos gustaba viajar por el mundo. ¡Que éramos muy felices! Se quedó pasmada y su piel tomó un color blanco, muy oriental.
Serví más vino, comenzó a sonar: "Dance Yrself Clean" de LCD Soundsystem y le dije a Sayuri que mejor bailáramos, que el baile era lo único que no desilusionaba. Se acercó a mí, con los ojos llorosos, me abrazó y bailamos.«Siempre serás el hombre de mi vida», murmuró.

%2020.47.39.png)

Comentarios