Huele a ti

La noche se sentía bochornosa, había caído una llovizna que alborotó la humedad de la ciudad. Ana se movía por el amplio departamento, de una habitación a otra, semidesnuda: sólo llevaba puestas unas bragas negras que contrastaban y combinaban a la perfección con la blancura de su piel. Sostenía una copa de vino, cuando decidió recargarse en el enorme ventanal del estudio, para observar la calle solitaria. Logró ver un par de autos estacionados, otro que pasaba en ese momento, su moto y a lo lejos unos árboles deshojándose, anunciando la inminente llegada del Otoño. 

Ana no sabía si era mejor estar afuera, para que el viento le pegara en la cara y despertar o permanecer ahí, dentro de la casa, hasta terminarse la botella de tinto y tocarse, pensando en él, como le encantaba hacerlo desde que su marido había sufrido el mortal accidente. 

Se dirigió al sofá-cama, se acomodó y tomó su celular. Comenzó a ver la galería de videos, le dio play al que era su preferido. En la grabación se observaba una mujer de muslos firmes, tatuada, de sonrisa perfecta y mirada melancólica... Era ella misma, acostada sobre una cama queen size, completamente desnuda, con las piernas levantadas, abiertas, y unos zapatos escotados de tacón de aguja encima de los hombros de un hombre delgado, común y corriente, pero que se percibía enérgico y concentrado en las penetraciones, en nada más. 

Activó el sonido del video y reconoció sus gritos: «qué rico, así, no pares, así... no mames, qué rico te mueves, cabrón, así, amor, sí, sí, así, métemela más, así». Fue por eso que Ana comenzó a tocarse. No soportó más. La sangre le hervía, la botella de vino estaba por todo su cuerpo, sintió los pezones erectos y la hinchazón de su vulva: metió su mano y comenzó a frotar delicadamente sus labios vaginales; de repente humedecía sus dedos y los introducía, poco a poco, en ese mágico lugar donde su esposo entró y salió infinidad de ocasiones. Se quitó la ropa interior, se sintió libre. El celular lo había dejado al lado. De repente se confundía de dónde provenían los gemidos, si de la Ana real o de la Ana del video. Ambas, palindrómicas, estaban calientísimas. Terminó. 

Se levantó a buscar otro trago y aprovechó para tomarse un respiro. Después regresó a su actividad favorita, excitada de nuevo, debido a los recuerdos. Esta vez se acomodó en el tapete del recibidor, recargada sobre los cojines que adornaban la sala. Acomodó el celular frente a ella, el cual estaba colocado en un pequeño tripie que le permitía verse y grabarse como ella quisiera. Vertió la copa de vino sobre sus senos, comenzó a acariciarlos; después, con las dos manos sostuvo uno, lo acercó lo más que pudo a la boca para poder lamerlo, sin lograrlo«Te extraño», le dijo a la nada, pero consiente de que se lo decía a él. «Este video va por ti», sentenció. 

Ana se puso en cuatro y le dio la espalda a la cámara, pasó la mano derecha por en medio de las piernas y abriéndolas, tenuemente, introdujo el medio y el índice. A veces volteaba y sonreía al celular, cambiando de mano, pero jamás dejando de masturbarse. Al poco rato se volteó, poniéndose en cuclillas. El cabello alborotado le caía sobre el cuello, en donde se notaban unas perlitas de sudor que se deslizaban hacia abajo, extraviándose entre sus pecas. En esa posición, con una mano abrió su vagina y con la otra, con gran maestría, metió otra vez los dedos; ahora éstos simulaban el movimiento de unas tijeras dentro de ella. Sus gritos la inquietaron. Estaba ardiente. Fue por más vino. Lo devoró. Había conseguido embriagar a la propia madrugada. 

Continuó acariciándose y le habló a la cámara: «Recuerdo el día que nos conocimos. Dijiste que me ibas a coger como nadie lo había hecho ¡y vaya que lo cumpliste! Qué cabrón fuiste, pero me poseías como un animal. Esto me encantó de ti. Además nos complementamos sin planearlo. El día que probé tu verga, sabía que me la comería por y para siempre. Me gustó desde el principio que, después de venirnos, me permitieras quedarme acostada boca abajo, mientras me hacías reír con las cosquillas que me hacías o con tu humor tan peculiar; que me dejaras hablar y hablar sin interrumpirme, más que para metérmela de nuevo. Y sí tenías razón, tal como siempre lo mencionaste, después de muerto, el departamento huele a ti... Ya no aguanto más. Digo todo esto, mientras no paro de tocarme. Imagino tu verga dura y ferviente adentro de mí. Estoy enloquecida. Imaginándome encima de tu serpiente. Así, amor, sí, cógeme fuerte como sólo tú sabes hacerlo, así, sí, qué rico, más, más rápido, envenéname, así, sí, sí, así».


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