Cofradía

A Carolina la conocí en la Cofradía del Thursday-Horny, la cual estaba conformada por un grupo de mujeres y hombres que se dedicaban a compartir imágenes eróticas, de manera libre, en un grupo de WhatsApp. Si bien, la cofradía tenía como regla principal: no conocer a ningún miembro en persona, Caro me escribió en privado con el pretexto y la intención de preguntarme por el origen de las fotos que aportaba, debido a que le llamó la atención que la mayoría fuesen ilustraciones bastante sugerentes. Le comenté que egresé de la Escuela Nacional de Artes Plásticas y que me dedicaba al arte erótico. Así comenzó nuestra febril relación.

Después, al conocerse mi profesión y mi talento, varios del grupo comenzaron a escribirme por fuera. Pidiéndome alguna ilustración especial o alguna otra pieza plástica, para lo cual no me negué... Siempre me ha apasionado mi trabajo. Pinté los penes de varios integrantes del grupo en acuarela, le hice una sesión fotográfica, blanco y negro, a una viejecita que curiosamente formaba parte de la cofradía e hice una composición audiovisual a una pareja del propio clan, teniendo relaciones sexuales en medio de los propios miembros. Para todo, Caro siempre fungía como mi asistente. Lo mejor era que después de cada proyecto, nos quedábamos ella y yo, en el estudio, haciendo lo que más nos gustaba: coger. 

Pero todo se salió de control, como era de esperarse, al salir a la luz el video que grabamos. Resulta que la perversa pareja pertenecía a un delicado grupo religioso y el escándalo llegó hasta los oídos y ojos del propio párroco de la comunidad a la que pertenecían. Fueron descomulgados y señalados por casi toda la colonia. Tuvieron que mudarse. Regresar a su antigua ciudad. Comenzar otra vez una nueva vida. 

Lo que a Caro y a mí nos intrigó fue cómo se supo toda la verdad, ¿quién chingados había difundido el video? Así que comenzamos a indagar. Uno de mis amigos, miembro también de la cofradía, programador, de esos que por su apariencia física cree uno que solamente pueden reiniciar una máquina, dio con el soplón. Investigó la IP de donde se comenzó a divulgar la grabación y dio con su origen: la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús. Sí, el sacerdote a cargo recibía y compartía todos los archivos que intercambiábamos; él los obtenía a través de la viejecita, a la cual le tomé aquellas fotografías artísticas y que en realidad era la amante y sacristana del padre. Caro y yo, un domingo después de una misa, los abordamos hasta la sacristía y ahí, ambos, nos contaron toda la verdad. «Llévense todo, pero por favor, no le digan a nadie sobre esto»

Salimos del templo con un disco duro y un par de USBs. Al llegar a casa, Caro y yo nos pusimos a ver el contenido. Varios MP4 nos sorprendieron, pero ninguno como el video donde se ve al padre, teniendo relaciones no solo con la eclesiástica sino también con la señora de la grabación por la cual se había hecho todo el escándalo. 

Asumimos que por eso, a manera de celos o desquite, la minipelícula se había difundido. Nos acomodamos en el sofacama y nos pusimos a ver la filmación que había sido grabada frente al propio altar. A Carolina le sorprendió el tamaño del pene del párroco, me percaté que su libido iba en aumento cuando se retiró el vestido y comenzó a tocarse. Se metió un dedo, dos, se acarició los senos, mordió sus labios. El padre era hábil, y sí estaba muy dotado. Ambas mujeres gritaban, desesperadas, cuando las penetraba; lagrimeaban de placer. Carolina se hincó frente a mí, me sacó la verga y comenzó a chupármela. Yo preferí cerrar los ojos e intenté bloquearme cuando la sacristana era quien recibió las incrustadas de aquel salvaje hijo de Dios; no así cuando le tocó el turno a la otra mujer, una fémina alta, tosca y peculiarmente atractiva: de pantorrillas, muslos y nalgas firmes; igual me llamó la atención su larga cabellera rubia, las pecas que rodeaban su finita nariz y su acento norteño: gemía deliciosamente distinto. 

Fue evidente que a Carolina también le había gustado: «Tenemos su número, ¿le mensajeamos? Seguro acepta tener algo con nosotros». Asentí mientras le arrebaté las bragas a Caro, la abrí de piernas y se la metí lo más fuerte que pude; esto mientras a la par veía cómo la otra mujer se movía salvajemente. Por cierto, aún no sabemos su nombre, pero hemos comenzado a llamarla: María de Jesús.


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