Qué sería la vida si no hubieras nacido. Acto 2. Capítulo 2.

Volví a encontrarme con Lupita un año después de la muerte de su novio El Charly. En cuanto nos vimos, hubo una conexión inmediata entre nosotros. Después descubriría que todo había sido planeado por ella para que creyera esto del insólito enlace. Como un vil pendejo me ilusioné. Entre cogida y cogida, me hizo ver, y sentir, que éramos el uno para el otro. Mentira. Un día de la nada, cerca de mi cumpleaños, enloqueció. Si antes había mostrado actitudes raras e inesperadas, el día que me cortó la verga, fue una Lupita en su máximo estado de locura. 
     Qué ganas tenía de estar contigo, sin testigos, de esta forma privada. Al poco tiempo que te conocí, sabía que inventaríamos una nueva forma de coger. Me lo indicó ese brillo de tus ojos, tus tatuajes, tus arrugas. Tú, ¿no lo sentiste así? Sí, Luis, desde aquella vez que me empiné en el baño, cabrón. Ven, dame un abrazo, sólo que suavecito, para que no me aprietes las chichis como acostumbras.
     Me aventó a la cama, se subió en mí y a los cinco minutos me vendó los ojos. Me dio un trago, de su propia boca de una XX Lager que me derramó desde el pecho hasta el vientre. Hay que portarnos mal, me dijo. Después me sujetó a la cama y comenzó a hacerme sexo oral. Su boca estaba haciendo magia hasta que sentí un ardor intenso en el pene y como que algo se me desprendía para siempre; me desmayé.
     Te creíste el muy cabroncito, ¿no, pinche Luis? Pero conmigo, te equivocaste. ¿A poco eres de los tipos que aún cree en el amor? Neta que me sorprendiste con tu forma de ver la vida, eso del romanticismo es del siglo pasado, pendejo. En fin, esto que estoy haciendo, no es por El Charly, es porque si no ibas a ser mío para siempre, no vas a ser para nadie. Esta forma de coger tan tuya, tan peculiar, no iba a compartirla con ninguna otra. ¿Sabes? No es que la tuvieras grande, pero la tenías bien rica. Sí, Luisito, la t-e-n-í-a-s.
     Cuando reaccioné, El Gordo estaba hablándole a una ambulancia. Lupita se carcajeaba y como que hablaba con alguien; después vi que tenía algo entre sus manos. Sí, era mi verga la que tenía sostenida como si fuera una veladora, y a la que le contaba cosas. Yo seguía recostado en la cama, tenía una mancha roja, casi negra, en medio de las piernas. La hemorragia no paraba. El ardor volvió. Me desmayé de nuevo. Al despertar, estaba en un cuarto de hospital, al lado de mí había otros dos internos. El de la derecha me dijo que prefería morirse a estar en mi lugar. No sabía a lo que se refería. El otro me comenzó a llamar El Eunuco. Tampoco entendía por qué lo decía. Fue hasta cuando entró una enfermera, le dije que quería orinar y que si podía acompañarme al baño, cuando supe que me habían amputado el pene. Enloquecí. Me arranqué el suero que tenía conectado al brazo, comencé a inspeccionar cada parte de mi cuerpo, como si por algún lado fuera a encontrar mis testículos escondidos. Grité como desesperado. Me le fui a los golpes a uno de los tipos con los que compartía habitación, porque no quitaba su risa burlona. Quise salir corriendo, pero dos enfermeros me detuvieron y un tercero me inyectó un calmante.
     No tenías que cuestionarme las cosas, Luis. En la vida sólo se vive, sin preguntas, sin nada. Sólo se vive y ya. A veces uno se tiene que arriesgar sin preguntar, pero ahí estabas tú, cuestionándote siempre por todo, cabrón. Que si imaginabas esto, que si imaginabas lo otro. ¿Por qué no bloqueaste tus sentimientos como yo y cogimos sin que te clavaras? ¿Por qué no tuviste un corazón negro como el mío: insensible e inservible? Las cosas hubieran sido más fáciles para todos, pinche Luis. Desde un principio te lo dejé claro: nunca te prometí cosas ni mucho menos quise ilusionarte. Fuiste tú el que se fue como gorda en tobogán, cabrón.
     Pasaron varios años para que pudiera recuperarme psicológicamente de todo lo acontecido. Hice que las mujeres se interesaran mí, por cosas distintas al sexo. Me salí de aquel barrio de Coyoacán que fue parte de mi perdición. Me alejé de mi mejor amigo, hermano, tutor y mentor, El Gordo. Él mismo me dijo que si seguía viviendo ahí me iba a llevar la chingada, más de lo que ya me había llevado. Me costó muchísimo acostumbrarme a no tener ese símbolo fálico que me había abierto muchas puertas (y piernas), había desaparecido. Ese vacío lo llené con libros y horas y horas en la Universidad. Estudié una licenciatura en Letras Modernas y una maestría en Restauración de arte neoclásico en el Claustro de Son Juana. Recorrí el mundo. Me empapé de arte. Me volví un hombre distinto, letrado, un insoportable escritor.
     Y todo era una oscura soledad hasta que me encontré con una de las personas que fue como un segundo parteaguas en mi vida: Violetta, de la cual me enamoré febrilmente porque me aceptó tal cual era yo, la que me dijo que no me quedaba de otra más que sacarle provecho a mi lengua, en todos los sentidos. Mi vida cambió. A ella le dediqué la mayoría de mis textos, mis poemas; todo lo que le escribía, después se lo leía, mientras contemplaba su cuerpo desnudo, mientras se masturbaba y hacía que terminara: enterrándole mi lengua y mis dedos, los únicos miembros que tenía para penetrarla. Todo hasta que se mató en el accidente que sufrió con el pendejo de Rubén, el detective al que también le robó el corazón, en una noche como esta: fría, rara y ansiosa.    


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