Qué sería la vida si no hubieras nacido. Acto 2. Capítulo 1.

En un lugar de Coyoacán, de cuyo nombre no quiero acordarme, fue donde asesiné a mi primera y única víctima. Eso me bastó para huir de aquel barrio y lo que me hizo ser lo que soy. 
     El día que ocurrió el asesinato estaba con El Gordo, mi mentor y protector, en una fiesta que había organizado El Charly, un hijodeputa que se dedicaba al narcomenudeo. En ese entonces, a mis 17 años, El Gordo y yo vivíamos con base a pericazos, para que las cervezas y el tequila no nos hicieran efecto. Así cada ocho días, en todos los lugares en donde enfiestábamos. Fue justo así, encerrado en el baño de un bar, que conocí a La Lupita, la novia del propio narcomenudista. Estaba polveándome la nariz cuando ella irrumpió. Le dije que si quería ponerse, refiriéndome a la coca, pero ella me entendió mal. Se me arrimó y me besó, después de eso se alzó el vestido floreado que traía, se hizo a un lado la tanga de encaje, se empinó y me dijo que si así quería que se pusiera. Aspiré la segunda línea de la grapa, me saqué el miembro y se la dejé ir sin temor. Fue sencillo, ella estaba empapadísima. Mientras me la estaba cogiendo, susurraba que era yo mejor que su vato y no sé que tanta pendejada. Se puso tan caliente que sus gemidos se convirtieron en gritos. Me perdí, como casi siempre que me cogía a una mujer que me gustaba, y no me di cuenta que alguien estaba forzando la puerta. A los pocos minutos El Charly entró, pero en lugar de irse contra mí, se fue a golpes contra La Lupita. Me salí del baño, tranquilamente como si nada hubiera pasado, pero alcancé a escuchar que el cabrón éste me gritó que ahorita iba a salir por mí. 
     Fui hacia la mesa donde estaba mi amigo El Gordo y le conté lo que había pasado. Me dijo que ya ni la chingaba, que si acaso era muy pendejo como para estarme comiendo a la vieja de ese güey. En cuanto dimos un paso afuera del bar, ya venían persiguiéndonos al menos tres tipos. El Gordo me aventó las llaves de mi Platina 049-DGC, nunca se me olvidarán esas placas, y me dijo que lo pusiera en marcha. Me senté en el asiento del piloto, mientras veía a El Gordo cómo se madreaba a casi medio mundo. En eso, se escucharon un par de disparos, provenían de la pistola de El Charly, quien caminaba directo hacia nosotros. En un abrir y cerrar de ojos El Gordo se había logrado subir al auto. Te lo tienes que llevar por delante, pinche Luis. Acelera y truénatelo. No tuve opción. Lo hice. La defensa del Platina se estrelló contra las piernas de El Charly, escuchamos cómo tronaron y éste salió disparado contra el parabrisas. Fue un impacto hermoso: su sangre hasta nos salpicó. Me eché en reversa, quise huir, pero El Gordo me dijo que tenía que terminar lo empezado. Entonces pasé las llantas por encima de su cuerpo unas cuatro veces, de atrás para adelante, hasta asegurarme que estuviera muerto y desfigurado, para que nadie lo reconociera. Después de eso, me quedé estático ante el volante, El Gordo tuvo que agarrarme a chingadazos para que reaccionara, nos bajáramos del carro y nos fuéramos de ahí. En la rockola del bar, sonaba La Castañeda... en medio de tanta contaminación.
     De esa manera abandoné mi primer y único carro, mi inocencia y a La Lupita enculada, quien después se desquitaría, no sólo por vengar a su novio, si no por su propia venganza, ya que nunca imaginó, –según sus propias palabras– que me valiera madre que El Charly la golpeara frente a mí y yo no hubiera hecho nada al respecto, «pero me la vas a pagar, pinche Güicho, vas a ver que te la voy a arrancar». Nunca la tomé en serio, porque de haberlo hecho, no me conocerían posteriormente como El Eunuco.










Comentarios

Entradas populares