Qué sería la vida si no hubieras nacido. Acto 1. Capítulo 3.

El cuerpo de Violetta apareció frente al cofre del auto: ensangrentado, boca arriba, sobre el asfalto aún mojado a causa de la inesperada lluvia que había caído en la Ciudad de México. Estaba atorado en el asiento del conductor. El parabrisas lucía deshecho, concluí que por ahí había salido disparado el cuerpo de la mujer con la que había sido feliz, durante los últimos cuatro meses. 
     Traté de recordar lo que había pasado, pero estaba muy confundido. De repente quise creer que era un sueño. También me pasó por la cabeza que si no se trataba de una de las historias del escritor recién fallecido, la cual estaba leyendo en alguna parte. Comenzaron a sonar las sirenas. Reaccioné y volví a la realidad. Pude zafarme del cinturón de seguridad y salí del auto, sin problemas, por la puerta que quedaba a mi lado. Caminé hacia Violetta, la recogí en mis brazos e hice a un lado su cabello negro para dejar su cara descubierta. Respiraba. Le besé la frente y quise tranquilizarla, diciéndole que la ambulancia estaba cerca. 
     –No nos hagamos pendejos, Rubén, ambos sabemos que es el final. 
     –No digas eso, sólo resiste. 
     –¿Así como tú resististe todas mis groserías? 
     –Así mismo, bonita.
     Mientras acariciaba su rostro como a ella tanto le gustaba, languidecía sobre mí. Hice otro intento para recordar cómo es que estábamos en esa situación, si apenas una hora antes estábamos en su casa, cogiendo como los amantes enloquecidos en los que nos habíamos convertido. En el autoestéreo se escuchaba Prófugos de Soda, y sí, es lo que éramos: cómplices los dos. Antes de la ambulancia llegaron dos patrullas, los oficiales quisieron separarme de Violetta, pero me resistí. Nos estamos despidiendo, le dije con la mirada al que al parecer tenía el mando. Los otros comprendieron y comenzaron a realizar su rutina: inspeccionar la zona del impacto. Escuché que uno de ellos anunciaba en el radio de su patrulla: accidente vehicular, dos heridos, uno muy grave, sobre Eje 6, esquina Amores. 
     Al escuchar el nombre de las calles me acordé que habíamos salido en busca de unos tacos de suadero y a comprar más cervezas. Como ninguna otra vez, decidimos que yo manejaría porque era el menos ebrio, aunque el más marihuano de los dos. Al llegar al Eje, se me olvidó que el primer carril era para los camiones que circulan a contraflujo y lo invadí. En menos de 30 segundos vi a un trolebús, de mi lado izquierdo, que venía a impactarse directo a nosotros y no sé por qué en lugar de echar el auto en reversa, aceleré. Fue justo en ese momento cuando un tráiler de la Coca-Cola, que iba pasando en el tercer carril, golpeó de lleno el lado de Violetta. Me parecía imposible que en este caso, su cuerpo hubiese salido por el parabrisas. Ahí recordé, en medio del impacto y yo todavía medio contusionado, que el hombre corpulento del tráiler se acercó a auxiliarnos, vi que intentó abrir la puerta del copiloto, pero no lo logró. Regresó a su camión, sacó una llave, o no sé si era un gato hidráulico y con éste golpeó el parabrisas por donde después sacó el cuerpo de Violetta. Al hacerlo y dejarlo derribado sobre la avenida, huyó.
     Ahora voy con Violetta en la ambulancia, sostengo su mano derecha, mientras ella permanece recostada sobre la camilla; por más que trato de decirle que no hable, me ignora como lo ha hecho siempre que le pido algo. Sabe que es el final y hace un recuento rápido de lo que fuimos: nada y todo, concluye. Eres algo que nunca me había pasado y en eso debes sentirte afortunado, maldito. Ni siquiera mi ex esposo Luis, el mismo que te contrató para que te enamoraras de mí, logró hacerme sentir esta cosa rara que siento por ti, y que ahora que estoy a punto de morir, no alcanzo a definir qué es. El camillero y la enfermera que nos acompañan, parecen más interesados en nuestra historia que en el cuerpo que yace frente a ellos. Violetta continúa argumentando el porqué fui lo mejor y lo peor que le pudo haber sucedido. Todas sus ideas se contraponen. El bien y el mal. Lo claro y lo oscuro, hasta las cervezas, bromea. Lo apolíneo y lo dionisíaco. Me explica que si el escritor la había encandilado con la literatura, yo la había sorprendido con mi forma de hacer el amor. Disculpa que le llame así y no simplemente coger, pero es que siento que inventamos una nueva forma del acto sexual en sí. No quiero llamarlo de ninguna manera, simplemente lo fue y ya. Le respondo que en ese caso todo consistió en que ambos nos sentíamos cómodos, que fuimos honestos, transparentes y leales. «Ay, Rubén, tú y tus mamadas. ¿No vas a dejar de decir pendejadas, incluso en el día de mi muerte?» 
     Nos reímos por un instante, después de su raro cuestionamiento. Ya con lágrimas en los ojos, me levanté, la besé y le dije que la quería muchísimo, que le agradecía que me hubiera hecho sonreír y sobre todo que me hubiera hecho sentir con vida. Sonrió como nunca lo había hecho: con los ojos llenos de luz. Antes de suspirar por última vez, me dijo que a pesar de que yo había sido un egoísta y el único que se había permitido enamorarse, ella también me quería, y mucho. Al pronunciarlo, me apretó fuertemente y el aparato que registraba su pulso, emitió un sonido eterno. A Violetta se le había detenido su negro corazón, ahora sí para siempre.


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