Qué sería la vida si no hubieras nacido. Acto 1. Capítulo 2.

¿Qué es lo que hace que una persona mienta, qué provoca que alguien asesine, qué situación debe ocurrir para que alguien traicione? ¿Cuál es origen de la maldad en cada uno de nosotros? Mientras fue pasando el tiempo, traté de encontrar respuestas en las acciones y discursos de Violetta, pero creo que jamás logré descubrir el origen exacto de sus rarezas. Algunos días me deseaba como la única prioridad que tenía en su vida; otros, me convertía yo en el ser más repugnante. De repente me buscaba a todas horas, siempre, y había veces que se desaparecía por semanas completas. Lo peor era que cuando nos veíamos, Violetta actuaba como si nada hubiera pasado, como ni nos hubiéramos visto un día antes. Para colmo, se molestaba bastante porque la cuestionaba al respecto. Lo increíble es que a pesar de todo esto que me hacía, seguía enamorado, seguía queriéndola, seguía deseándola incluso con sus groserías.
Un claro ejemplo de esto es cuando intenté escribirle un pensamiento y dárselo. Cuando terminó de leer la hoja, se acercó a mí, me besó como por un minuto; después rompió el papel en cuatro partes mientras también se iba despojando de su ropa, haciendo que cogiéramos; cuando nos venimos, me volvió a besar como por otro minuto y al separarse me dijo que no le escribiera ese tipo de pendejadas, que Luis se había encargado de eso, que me dedicara a lo mío. ¿Qué es lo mío?, le pregunté. Me ignoró.

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Arrinconarte, tomarte por la espalda, desnuda, como violándote; sólo con tus tacones.
Meterte la mano derecha entre la entrepierna, y con la izquierda sostenerte la nuca 
mientras me arrimo a ti, húmedo y erecto. Para sudarte, besarte, morderte, chuparte. 
Lengüetazos y más lengüetazos, por todo tu cuerpo, 
por tus tatuajes, por todos tus orificios. 
Igual y puedes ponchar un porro mientras permanezco a tus espaldas, enterrándome en ti. 
Lista para recibir mi mano y humedecerte, ¿no? 
¿O mi boca? ¿O mis dedos? ¿O qué prefieres? 
Mi verga erecta, venosa. Te doy por adelante, por abajo, por arriba, por atrás. 
Lento, rápido, débil, fuerte. Podemos ser tradicionalmente innovadores. 
En tu cuerpo, podemos inventar lo que todavía no se ha inventado.
Rubén, tu Negro.

¿Pero por qué lo toleré? Trato de explicármelo y son varios factores reunidos. El primero, y con el que me atrapó desde un inicio, fue su inteligente forma de ver la vida: resoluciones sencillas, administraciones perfectas, ligerezas necesarias. El segundo factor fue su cara mágica, que se componía en un todo: sumando su negra cabellera ondulada, sus expresivos ojos negros, cejas pobladas y pestañas exactas; sus pronunciados pómulos, sus suaves labios y su sonrisa que podía contar historias completas en un minuto. La composición de su cara podía asimilarse, sin exagerar, al de Helena de Esparta, y varias personas, mujeres y hombres, me lo confirmaron. Lo tercero fue una combinación entre el gusto por la comida, el alcohol y el sexo; los tres en uno solo, sin importar el orden. Pienso en ella y se me antoja una cerveza; decido poner a Clapton mientras la recuerdo, mientras me masturbo, pensando en su rostro.




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