Confianza

Hace poco encontré un reloj que pertenecía a mi hermano y que no recuerdo cómo pasó a ser mío. Estaba arrumbado en una caja de cosas que no sirven del todo o están descompuestas. En este caso, el extensible roto era el que había provocado su deshuso. Entonces decidí llevarlo a reparar, pensando que su compostura no me haría gastar más de $30.
Lo llevé a un pequeño local del Mercado de Coyoacán. Le dije al señor que lo atendía: oiga, cuánto me cobra por pegarlo y  checar si la pila sirve. Si me decía más de treinta pesos, le daría las gracias y me daría la media vuelta. El señor lo tomó y comenzó a inspeccionarlo. Lo abrió. Me dijo que la pila no le servía y se la cambió. Pegó el extensible y comenzó a soplarle para que el pegamento secara rápido. Todo fue muy breve que ni siquiera me dijo cuánto me iba a cobrar. Para entonces yo pensaba, ya me fregué, si me dice que son $50.
Ya está, joven. ¿Cuánto le debo? Son $35 (respiré). ¿Tiene cambio de un billete de $500? No, no me alcanza. Le dije que entonces iría al banco por un billete de menor denominación; no se me había ocurrido simplemente cambiarlo; pero en fin, esto no es lo interesante. 
Le regresé el reloj al señor y dije que en un rato volvía para pagarle y recogerlo. No, joven, lléveselo. Me sorprendí, ¿me va a dejar ir con el reloj y confía en que regrese? -pensé. Pues sí, sí lo hizo.
Obvio, fui al banco hasta con cierto aire de alegría -y todavía con la sorpresa embarrada en mi rostro- al saber que aún hay personas que confían, sobre todo en esta ciudad, que es tan difícil encontrarse a gente así... pero aunque no lo crean, existe.










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