Encerrado, acto 1

Era una noche calurosa. El detective Rubén el Negro Elizondo era conocido por ser uno de los mejores detectives en la ciudad, a pesar de su problema con el alcohol. Había resuelto algunos de los casos más difíciles que se habían presentado en los últimos años, lo que le había ganado el respeto de sus compañeros y de la comunidad policiaca en general. Al final del día recibió una llamada en su teléfono móvil. Era su colega, Gregorio el Samsa Rodríguez, quien lo llamaba para informarle de un caso muy peculiar. Había recibido una llamada de una mujer que decía haber encerrado a su marido en la cajuela de su propio automóvil. 

Rubén se dirigió rápidamente a la dirección que le había proporcionado Rodríguez, cerca del Pedregal. Al llegar, encontró a la mujer esperándolo en la puerta de su casa. Era una mujer alta y delgada, con el pelo rubio y ojos azules. Parecía estar muy nerviosa y no podía dejar de moverse de un lado a otro. 

—Detective Elizondo, gracias por venir tan pronto—, dijo la mujer con voz temblorosa. —Mi marido y yo tuvimos una discusión esta noche y él se puso muy agresivo. Pensé que sería mejor encerrarlo en la cajuela de mi auto para que se calmara—. 

Rubén miró a la mujer con sorpresa. Sin embargo, no perdió su compostura y comenzó a hacerle preguntas para tratar de entender lo que había sucedido. 

—¿Puede decirme exactamente lo que sucedió esta noche?—, preguntó el Negro. 

La mujer comenzó a contar su versión de los hechos. Dijo que ella y su marido habían estado discutiendo en la sala, cuando de repente él se puso muy agresivo y comenzó a golpear las paredes. Ella se asustó y corrió a su habitación para esconderse. Desde allí, escuchó cómo su marido seguía destrozando la casa. Luego, ella decidió encerrarlo en la cajuela de su auto para que se calmara, después de haberle dado en la cabeza con un bate de beisbol. Una escena poco creíble, por el impoluto estado de las uñas de la mujer. 

Rubén se acercó al auto y abrió la cajuela. En su interior, encontró al marido, el cual estaba completamente inconsciente. Efectivamente, parecía haber sufrido un fuerte golpe en la cabeza y estaba cubierto de sangre. 

—¡Llame a una ambulancia de inmediato!—, ordenó Rubén a la mujer. 

Mientras esperaban a que llegara la ambulancia, Rubén comenzó a hacer una búsqueda en la casa para intentar encontrar pistas que pudieran explicar lo que había sucedido. En la habitación del matrimonio, encontró un cuaderno en el que se detallaban los gastos del hogar y las compras realizadas en las últimas semanas. Entre ellos, había varios cargos en un hotel de lujo en el centro de la ciudad. Rubén sospechó que la mujer estaba harta de su relación y había planeado todo para deshacerse de su marido. Aunque necesitaba algún otro indicio para poder presentar una acusación formal. 

Después de algunas semanas de investigación, Rubén finalmente encontró las pruebas que necesitaba: unos videos donde se veía a la mujer contratando a un hombre para que golpeara a su marido, el cual había escapado minutos antes de que la esposa llamara a la policía. Con la evidencia en sus manos, Rubén el Negro Elizondo arrestó a la mujer y a su cómplice. Durante el juicio, la mujer intentó argumentar que había actuado en defensa propia, pero las pruebas presentadas por el detective demostraron lo contrario. La mujer fue condenada a varios años de prisión por intento de asesinato y complicidad en el delito, mientras que su cómplice fue sentenciado a una pena similar. 

A pesar del éxito en la resolución del caso, el Negro Elizondo, por otro lado, se enfrentaba a una batalla personal para superar su adicción al alcohol. Con la ayuda de su familia y amigos cercanos, meses atrás, había podido ingresar a un programa de rehabilitación y comenzar su camino hacia la recuperación. A medida que se recuperaba, se comprometió a ser un mejor detective y a no permitir que sus problemas personales afectaran su trabajo. Aunque finalmente, después de mucho esfuerzo, el Negro no logró superar sus demonios y mejor optó por asistir cada 15 días al Estadio Azteca, con chela en mano, para no perder la costumbre de ver ganar a su equipo favorito.



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