Balones secuestrados

Era una noche alumbrada por la luna llena cuando el detective Rubén el Negro Elizondo recibió una llamada urgente en su oficina. Era el presidente de un famoso equipo de futbol que estaba en busca de cuatro de sus jugadores que habían desaparecido sin dejar rastro. 

Rubén Elizondo, un detective conocido por su afición al mal llamado deporte nacional, se puso en marcha inmediatamente. Con su jersey del Club América y su saco negro, a bordo de su vocho se adentró en las colonias populares de la ciudad en busca de pistas. 

La primera parada fue el barrio bravo donde vivía uno de los jugadores. Rubén interrogó a los vecinos, pero no pudo encontrar nada útil. En la casa club tampoco halló nada. Sin embargo, cuando visitó el estadio, notó que uno de los jugadores había dejado una mochila en su casillero. Al examinarla, encontró una nota anónima que decía: "Paguen el rescate, hijos de la chingada, o no volverán a ver a los jugadores con vida".

Rubén sabía que tenía que actuar rápido. Convenció al presidente del equipo de pagar el rescate y dispuso una operación para entregar el dinero en una estación de metro, al sur de la ciudad. Elizondo y su equipo de seguridad se escondieron en las sombras mientras esperaban el rescate. 

Después de un largo rato, un hombre misterioso apareció y recogió el dinero. Pero antes de que pudieran seguirlo, un grupo de matones apareció en la estación y comenzaron a disparar. En medio del caos, Elizondo se abrió paso a través de los disparos y logró escapar con uno de los jugadores que había sido liberado por los secuestradores; al interrogarlo, intuyó que éstos eran miembros de una banda del Estado de México que quería obtener una gran suma de dinero de los futbolistas.

Con la ayuda del goleador, Elizondo logró descubrir la ubicación del escondite de los criminales y, con la ayuda de la policía estatal, logró rescatar a los otros tres jugadores sanos y salvos. 

Al resolver el caso, el presidente del equipo de futbol le agradeció a Elizondo por su trabajo, obsequiándole un palco en el Estadio Azteca. Sin embargo, el Negro no estuvo de acuerdo con el pretensioso regalo y sabía que no era el silbatazo final… La ciudad estaba llena de peligros y siempre habría más desapariciones en alguna cancha, mientras la pelota ruede.
















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