Adicto

Quisiera arrancarte tu blusa y chupar por igual tus senos, darte mordidas suaves en tus pezones y acariciarlos con mis pulgares. Hincarme atrás de ti y lamerte: enterrar mi lengua en medio de tus nalgas. Después recorrer todo tu cuerpo, dando besitos a tus piernas, a tus delgadas y acariciables piernas; voy besándolas sin prisa. Me acerco a tus muslos, firmes y calientes. Sigo subiendo. Mi nariz respira ya tu prohibida y anhelada abertura. Te beso encima de tu ropa interior. Mi lengua se las ingenia y logra meterse debajo y toca esa zona mágica. Siento tu humedad. Hago a un lado tu ropa, descubro la vida y tu magia en ese febril lugar que tienes debajo de tu vientre. Con mi dedos abro tus labios y te doy una lamida, lenta pero enérgica. Con mi índice acaricio tu clítoris sin dejar de chuparte. Hago una inhalación profunda, quiero impregnarme de ese olor tan peculiar que sale de ti. Te siento más mojada, permaneces con los ojos cerrados; los entreabres sólo para sonreírme: eso me prende más y te lengüeteó más rápido, de arriba a abajo, mientras te meto dos dedos, en forma de tijera. 

Te sostengo de los tobillos, antes de abrirte, beso tus pies, lamo tus dedos, los veo durante un minuto y te digo que son bien bonitos... Sí, como toda tú. Mi verga está lista, dura. Volvemos a vernos, cómplices, y te la entierro; primero suavemente y una vez que reconozco dónde estoy metido, me comienzo a mover como el loco en el cual me has convertido: en tu adicto. 





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