Atrapados
Era una noche donde la ciudad estaba sumida en la oscuridad y el silencio, éste, a veces, interrumpido por el sonido de los coches que pasaban por la avenida principal, a una cuadra de la oficina del detective Rubén el Negro Elizondo, el cual se encontraba rodeado de papeles y documentos que había estado revisando durante horas. El calor era insoportable.
De repente, su celular sonó. El Negro lo tomó con flojera.
—¿Sí? —dijo con voz grave.
—Hola, señor Elizondo —dijo una voz femenina al otro lado de la línea—. Necesito que me ayude con un caso.
—Claro, ¿en qué puedo ayudarla? —respondió el detective.
—Verá, mi esposo ha desaparecido. No sé qué ha pasado, pero hace tres días que no sé nada de él.
Rubén Elizondo tomó nota de los datos que la mujer le proporcionó y acordó con ella una reunión al día siguiente, en su departamento. El caso parecía sencillo, pero el Negro sabía que las apariencias engañan.
Al día siguiente, el detective se presentó con la mujer. El departamento era enorme y lujoso, raro en esa zona de la ciudad, lo que hizo pensar a Rubén que el esposo de la mujer; o incluso ella tenía negocios muy prósperos o sospechosos.
La mujer le contó al Negro todo lo que sabía sobre la desaparición de su esposo. Él había salido de viaje por negocios y no había regresado en la fecha acordada. Había dejado su celular en casa y no había dado señales de vida desde entonces.
Rubén comenzó a investigar. Habló con los empleados del esposo de la mujer, revisó sus cuentas bancarias y buscó en todas las redes sociales y sitios web que el hombre frecuentaba. Pero no encontró nada.
Fue entonces cuando Rubén decidió ir al último lugar donde el esposo de la mujer había sido visto: un hotel en el centro de la ciudad. Pidió ver las cámaras de seguridad y vio lo que era de esperarse: el esposo de la mujer había ingresado al hotel con una mujer, pero horas más tarde ella salió con una maleta enorme, arrastrando.
El detective sabía que había algo más detrás de esa escena. Volvió al departamento de la mujer para hacerle más preguntas. La mujer estaba nerviosa y evasiva, lo que hizo sospechar aún más al Negro.
Finalmente, el detective logró obtener una revelación importante: el esposo de la mujer tenía un negocio ilegal de trata de menores. Rubén siguió indagando. Logró que la mujer confesara el plan de asesinar a su propio esposo; primero para vengarse por las infinitas infidelidades; segundo, por la justicia de todos esos jóvenes abusados; y tercero, por la jugosa cantidad de dinero que el seguro le daría.
La esposa del hombre fue arrestada por complicidad en el asesinato de su esposo. Rubén estaba insatisfecho con su trabajo, sabía que de alguna forma ella tenía razón y el hombre merecía morir. Aunque era tarde, el día se terminaba pero la noche comenzaba y en la ciudad había muchos otros criminales que necesitaban ser atrapados, y él estaba dispuesto a hacerlo, a pesar de las incongruentes circunstancias.

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