El niño-marrano
—Lo que pasa que todo el tiempo estoy caliente —me contestó Daniela al salir de la ducha. Después se acomodó bajo las cobijas, en posición de cucharita, a mi lado. Estábamos completamente desnudos. La baja temperatura se había colado por el ventanal más grande de la cabaña, el cual se encontraba justo en nuestra recámara. Yo prefería el frío, aunque Daniela, como me había respondido previamente, el calor. Afuera los encinos se movían de un lado a otro, en medio de una oscuridad que a veces desaparecía por los destellos de la Luna; una neblina recorría el horizonte, acompañada del ligero sonido del viento. Habíamos decidido escapar de la cotidianidad de la ciudad y del aburrido encierro pandémico.
—Dante, pégate bien a mí. Comienza a masturbarte y ¡embárrame esa cosa larga que te cuelga! Con tu otra mano, dedéame por delante, ¿ya viste lo duro que tengo mis pezones? Qué rico siento cuando tu pene acaricia mi culo. Ándale, así, bésame el cuello. Lámeme la espalda. Ay, Dante, ya quiero que me lo metas, pero quiero que me cachondees otro poco. ¿Me volteo para que mames mis tetas? Espera, yo también quiero mamártela —sentenció Daniela, quien se caracterizaba por ser de esas personas que no paraban de hablar y que enmudecía a quien tuviera enfrente.
Me levanté de la cama y abrí una botella de vino, puse algo de música, mientras Daniela se hincó frente a mí y comenzó a chupármela. De repente se detuvo de manera áspera.
—¿Qué te pasa, amor? Vas muy bien…
—¿Escuchaste ese ruido?
—No, cuál. Continúa, Dani.
—No puedo, estoy segura que escuché claramente la voz de un niño. Justo detrás del ventanal.
Sostuve la cabeza de Daniela y metí mi pene de nuevo en su boca, ignorándola. Su mirada temerosa se dirigía al ventanal. Volvió a detenerse, separándose de mí y me cuestionó de nuevo sobre la vocecita misteriosa. Esta vez sí escuché algo, pero no quise asustar a Daniela; sabía el pánico que le provocan este tipo de cosas. Me vestí y salí a revisar afuera de la cabaña, más por el compromiso con ella que por otra cosa. Cuando atravesé la puerta vi la figura de un niño regordete que salió corriendo en cuanto me vio. Llevaba puesta una cola de marrano falsa, amarrada de su protuberante cadera. Comencé a seguirlo en medio del bosque, guiándome por las risas chillonas que iba soltando. Apenas podía ver por dónde se movía. Corrí varios metros, sentí que me había alejado bastante de la cabaña. Justo en ese momento vi que el niño gordo se introdujo por un agujero en el suelo; como si éste se lo hubiera tragado, desapareció. Sospeché de quién se trataba. Casi al mismo instante escuché los gritos ensordecedores de Daniela, los cuales me hicieron regresar de inmediato. La noche se había hecho más pesada aún. Llegué a la cabaña, aunque me detuve a unos pasos, escondiéndome detrás de un árbol. Observé adentro a diez infantes más, todos con las mismas características; como si fueran decallizos. A éstos se había integrado el niño gordo que perseguía. Lo reconocí por su peculiar cola de marrano. Tenían a Daniela sostenida entre unos cuantos, mientras otros, encuerados, le embarraban sus penes y se los metían por los orificios de su cuerpo. Ella no paraba de gritar. Vociferaba mi nombre. No tuve el valor para ir por ella, rescatarla y confesarle de lo que se trataba y quiénes éramos en realidad. Caminé de espaldas, para salir huyendo sigilosamente del lugar, pero una manita me tocó el hombro:
—Este bosque es nuestro, señor, y nadie sale vivo de él —me dijo un niño, más obeso que el resto y de mayor edad, iba acompañado por otros pequeños-marranitos. Una secta más, pensé. La mayoría llevaba las características máscaras felinas que escondían nuestro verdadero rostro, junto con un cuchillo en cada mano. Se lanzaron contra mí, pero se detuvieron de manera abrupta cuando descubrieron la cola natural de marrano que me salía del ano.
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