Leche
Dianna estaba recostada, boca arriba, en nuestra recámara. Desnuda completamente y con las piernas abiertas, en posición de parto. El calor se había acentuado tanto durante los últimos días, que daban ganas de andar encuerado a todas horas. Los gemelos se habían ido con sus abuelos, teníamos la casa silenciada y disponible para nuestras perversidades. Esta vez yo la haría de voyerista, mientras Dianna se tocaría, con el vibrador que yo mismo le regalé. El objetivo era espiarla sin que ella se percatara. Después, cuando ya no aguantara más y el dildo le fuera insuficiente, me gritaría que entrara a cogérmela. La estuve observando como unos quince minutos. Su manera de tocarse bien la podría haber lanzado al estrellato del cine porno. Por fortuna, Dianna me escogió y soy un tipo con mucha suerte al compartir mi vida con una mujer guapa, inteligente y caliente.
Entré al cuarto tras sus gritos. Me monté en ella y comencé a besarla. Su cuerpo sudaba. Sentí su calor y ese olor tan bonito que se desprende de ella. Puso mi cabeza sobre sus senos y comencé a lamerlos, aunque me interrumpió: «amor, ve por la leche». Obedecí, como casi siempre cuando quiero satisfacerla y cumplirle sus caprichos. Subí al cuarto con los envases de leche. A Dianna le encanta —y desde luego que la prende mucho— el hecho de que vierta todo tipo de leche sobre sus senos y que después se los mame. Así lo hicimos. La habitación quedó blanca y viscosa por todos los espacios y huecos más profundos y escondidos. Todos.
Entrada la madrugada, recordé que al otro día tenía que pasar temprano por los niños, sin antes dejar la recámara impecable. Me levanté a fumar un cigarro, mientras veía la lluvia a través del ventanal. «La vida es un sube y baja, de placeres y sacrificios», me comentó Dianna, al percibir mi angustia. Me lancé nuevamente sobre ella. Nos hacía falta jugar al niño amamantado y cogerme de nuevo ese par de piernotas que tanto me gustan.

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