Sin látex

Han pasado trece años, desde aquel abril de 2020, cuando brotó la pandemia que terminó con el 80% de la población mundial. Desde ese entonces, con la pérdida de tantas cosas, aprendí a ser un tipo egoísta para poder sobrevivir.

Ahora estoy resguardado en lo que, al parecer, fue una fábrica de automóviles y la cual funciona como el hogar de uno que otro sobreviviente, como mi caso. Lo único que tengo a mi lado es mi puta soledad.

Es media noche, de repente escucho unos gemidos, en el almacén contiguo. Me asomo y veo a una pareja desnuda: él es un tipo delgado, con el cabello corto, negro, barbudo y tatuado completamente de un brazo; ella, blanca, pecosa, diminuta y tiene uno que otro tatuaje, distribuido por el cuerpo. Permanecen recostados, uno al lado de otro, sobre una cama improvisada. Cada uno se masturba por su lado. Noto, desde donde estoy, unos senos que cabrían en la palma de mi mano y sus pezones rosas, los cuales ella se pellizca y acaricia con desesperación. Recuerdo entonces que en mi adolescencia me encantaba ver a otras parejas coger, sin ser partícipe, incluso cuando tuve la oportunidad; siempre preferí asumir el papel de voyerista.

Ahora él se acerca a decirle algo a ella. Sospecho saber lo que le susurra, entonces ella se chupa un par de dedos y se los introduce en la vagina. Él continúa jalándose el miembro rítmicamente; una verga de tamaño normal, pero que destaca por el tono negro de su piel como la mía. Ahora se giran, sobre el propio piso, quedan en la posición del 69, pero no encimados; permanecen uno al lado de otro, como han estado desde el inicio. Sonríen, cada que sus miradas se cruzan. Sus sonrisas son sinceras, imposible no saber que son dos personas que se admiran, y se desean. Continúan tocándose.

Noto que comienzo a tener una erección, no obstante, dudo si quiero tocarme. Al final de cuentas por contradictorio que parezca, a estas alturas las actividades humanas más importantes recaen en la soledad: nuestro nacimiento, nuestra muerte, la propia cópula. Parece que evolucionamos cuando nos dimos cuenta de que no necesitábamos el coito para poder llevar a cabo una relación sexual. Descubrimos, y ahora lo compruebo otra vez, que la masturbación vino a solucionar demasiadas cosas. La petite mort estaba mal interpretada. Me abro la bragueta, introduzco mi mano y decido tocarme.

De repente, el cuarto de al lado se inunda en un abrumador silencio. Me asomo y la pareja luce como si alguien la hubiese pausado. Del interior se escuchan ruidos, fallas de sonido. Los murmullos y gemidos siguen escuchándose, pero la imagen de ellos está paralizada. Pareciera un video que comienza a trabarse. En ese instante reacciono. Sí, todo ha sido una triste proyección. El artefacto con el que estaban corriendo las imágenes se atrofió, otra vez. Entonces recuerdo que es una película que, minutos antes, yo mismo puse a proyectar y que yo mismo grabé… Donde salgo con el amor de mi vida, la cual ahora yace bajo el suelo de este lugar: muerta, por aquel espantoso virus... Recuerdo también mi objetivo: antes de que termine infectándome, deseo masturbarme y venirme al mismo tiempo que la pareja; es decir, nosotros, en la propia filmación. Quiero vincularme igual que esa rara conexión que logramos cuando ambos vivíamos. Pero el pinche proyector falla, precisamente, momentos antes de que terminemos, exhaustos y entregados, cada quien por su lado, y diciéndonos lo mucho que nos queremos. Esa escena final es la única que sí recuerdo muy bien y la que no logra reproducirse nuevamente en la proyección. Y eso es lo que me hunde en esta maldita depresión que no sé cómo voy a resolver.
 
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