34 D
Todo ocurrió aquella primera vez que viajamos juntos a disfrutar el invierno de Nueva York. Estaba muy entusiasmada por todo lo que fuera a pasar. La ilusión de poder estar solos, después de desearlo tanto me había puesto muy caliente. El simple hecho de imaginar que sentiría su barba, de unos días, entre mis piernas me excitaba demasiado.
La primera noche que pasamos en el hotel, ya al anochecer, él bajó al bar del lobby por una botella de vino. Yo esperé en la habitación, cerca del ventanal, observando la nieve caer. Recuerdo que estaba completamente desnuda, los senos comenzaron a dolerme; primero intenté masajearme para aminorar las dolencias y el ardor, pero el tacto me hizo ruborizar y entonces comencé a acariciarme con otras intenciones. Cerré los ojos unos segundos y comencé a apretarme más fuerte los pezones, que para ese momento estaban completamente parados y duros. El placer de mis propias manos me arrancó un suspiro que bien pudo confundirse con un tenue gemido. Fue cuando vi cómo salía una gota de color blanco aperlado de mis tetas. Me calenté muchísimo con esa escena. Ardía.
Entonces él entró, me descubrió de espaldas, con la mirada sobre mis senos y con la mente perdida. Al principio, observó el mismo líquido blanco que me estaba saliendo del pezón. Se sorprendió, ya que nunca había visto algo así. Fue la primera vez que vio mi leche deslizarse de esa manera. Escurría con delicadeza. Él se acercó a mí con curiosidad. Me abrazó, lo sentí excitado y me dio un beso tan lindo, que aún no lo puedo olvidar. Después comenzó a besar mi cuello, se acercó a mi oído y me confesó: «Tengo sed».
Apriétamelos y sáciate, le dije. Para ese momento la temperatura del cuarto se sentía a lo máximo, contraria a la de afuera. Él comenzó a apretármelos con sutileza y la leche empezó a salir. Se la embarró en la cara, mientras seguía succionándome los pezones y con su propia lengua untaba el febril líquido alrededor de mis areolas. Después se embarró mi leche sobre sí y proseguí a hacerle sexo oral. En ese momento me confesó que jamás se había excitado tanto. Me dijo que quería seguir chupándome, porque le encantaba que mi leche se le introdujera por su boca, que le fascinaba sentir ese dulzor tan caliente en su paladar. Me sorprendió al decirme que podría pasarse toda la noche e incluso toda la vida así, que le gustaría aprovechar sus insomnios de las madrugadas para sacarme las chichis, chupármelas y estar pegado a mí. Siempre.
Me dijo todo eso mientras lo tenía dentro de mí. Me besaba por lapsos, lo que me permitía sentir su barba rasposa y esa mirada perversa sobre mi rostro; sobre todo, con esos ojos negros que me hipnotizaron desde el primer día en que lo conocí. Sentí cómo me mojé más y su miembro entró con más facilidad, hasta el fondo. Continuó moviéndose al ritmo de “Do I Wanna Know?”, me observó como diciéndome: espero que esto dure hasta la eternidad y volvió a poner sus labios en mi pezón hinchado, provocando otra vez que la leche se me saliera y escurriera por las comisuras de su boca.
Nos quedamos así, terminamos varias veces, el amanecer nos agarró cansadísimos. Yo ya no lo noté, pero él me platicó horas después, que mientras dormía siguió contemplando las gotas aperladas que aún salían de mis senos, con la intención de volverlas a beber... Infinitamente.

%2020.47.39.png)

Comentarios