El Bichicori


—A ver, pinche Bichi, la última escena y nos vamos: quiero que te montes en ella, subas sus tobillos en tus hombros y termines así, con todas tus fuerzas; necesito que se marquen los músculos de tus brazos y de tus piernas. Saca esa energía bestial que te caracteriza, cabrón. Tú, bonita, déjate ir, quédate recargada viendo hacia un costado, donde está la cámara, porque la toma será desde este lado. Recuerda tu papel: eres una MILF, de lo demás nos encargamos en la edición.

El apodo de El Bichicori me lo puso una amiga de mi madre que era del norte del país y me nombró así, cuando acababa yo de cumplir 7 años y andaba corriendo por el jardín de nuestra casa. De la norteña recuerdo su larga cabellera rubia y sus palabras raras, de las cuales me quedó una en la frente, para señalarme toda la vida. A esta amiga, mi mamá la conoció en un congreso que les organizó la compañía de seguros para la que ambas trabajaban. No logro recordar su nombre, sólo esa vez cuando le mencionó algo a mi madre, lo cual curiosamente también marcaría mi destino: «no deberías dejar que tu plebe ande así, aunque estén en tu casa, puede llegar cualquier persona y “verlo mal”, más con esa peculiar forma de su bichola. ¿No te sorprende que a esta corta edad la tenga así?»

Aquella vez no entendí a lo que se referían sobre mi verga, fue hasta que conocí a José Luis McGregor que comprendí todo. El Güichorny, conocido así dentro de la IPAM (Industria Porno Amateur Mexicana), me descubrió, tal cual, cogiendo con mi novia en el baño de un Cinemex. Después de permitirme terminar y vigilar que nadie entrara, me tiró todo un rollo de las películas que hacía, me convenció fácilmente y en menos de una semana ya estaba filmando mi primera ópera prima. Sin embargo, no fue el dinero ni las mujeres lo que me ha mantenido en este trabajo, fue el hecho de que pude estudiar tranquilamente la maestría en historia del arte que siempre soñé. Pero regresando a la realidad. La mujer que me estoy cogiendo, me parece conocida; mientras le muerdo los pezones, grita que no deje de moverme y me lo pide por mi verdadero nombre, esto me sorprende. Reacciono. Reconozco su mirada, su alborotada melena rubia. En ese momento tengo un flashback.

—¿Ana?
—Pensé que nunca me ibas a reconocer. Ay, ayy, qué rico, ayyy, sigue. Te busqué, te encontré y te seguí, morro-cabrón. Ay sí, así, métemela más fuerte, así. Desde que te vi la primera vez, hace casi veinte años, sabía que teníamos que terminar juntos. Ayyy, sí, me vengo, sigue-sigue, amor. No te pares, sí, así, ay, qué rico.

No puedo creer que sea ella. La miro detenidamente. Omito el guion y le doy un beso en la boca, largo y caliente. Me dice que le chupe los senos hasta sacarle la leche acumulada que guardó para mí. Me gustan sus ojos enérgicos, su piel blanca, casi transparente; el color rojo: de sus labios, de sus uñas y de sus tacones escotados. Se la sigo metiendo, como si el mundo se acabara mañana. Me retira brevemente de su cuerpo y me despoja del condón, sonríe, lame mis huevos y juega con mi serpiente. Se voltea y queda empinada, enseñándome lo que me parece el culo perfecto; se nalguea y me ordena que se la meta hasta el fondo. Obedezco. La hago gritar de manera tan exagerada que algunos del set parecen incomodarse. Pero me ha convertido en su esclavo. Hago lo que me pide. Probamos varias posiciones, hasta parece que inventamos algunas. Somos uno solo. Todo esto, hasta el momento en que los dos nos venimos y nos quedamos abrazados, viéndonos, como si nos conociéramos de mucho tiempo atrás.

Corte, queda esa toma. ¡Vámonos!

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