Sentidos
Iba de regreso a casa cuando una camioneta se me cerró, entre tres tipos me subieron violentamente a la misma; perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba desnudo y atado a una cama tan inmensa como la propia habitación en la que me encontraba, la cual se caracterizaba por su luz tenue y unas cortinas gruesas, puestas sobre un ventanal también de grandes dimensiones.
Una voz femenina rompió el silencio: «No tengas miedo, lo único que obtendrás de aquí será placer. Debes sentirte afortunado; sobre todo, de ser uno de mis escogidos». Escuché sus pasos delicados sobre el piso de madera y percibí que se dirigía hacia mí, saliendo de la oscuridad donde había permanecido.
Se puso a mi lado, era blanca, no rebasaba los 40 años, tenía el cabello rubio, lacio, abajo de los hombros, llevaba puesto un suéter de cuello de tortuga y una falda negra, corta; el color de sus uñas combinaba con el tono rojo de sus labios: «Se trata de sexo, no tiembles. Aunque parece otra cosa, no quiero dinero ni lo necesito; tampoco te desapareceremos ni acabaremos con tu vida. De verdad, solamente necesito divertirme contigo, con tu cuerpo... Con tu verga».
La vista. Se subió a la cama y comenzó a mover sus caderas al ritmo imaginario de una canción caribeña. Alzó su falda hasta dejar descubiertos sus muslos. Caminó alrededor de mi rostro, dejándome ver su ropa interior negra, de encaje. Se agachó y puso sus nalgas muy cerca de mi cara. Sonrió perversamente cuando se quitó las bragas. Se colocó en cuclillas y comenzó a tocarse frente a mí, primero con un dedo, con dos, por último con toda la mano. Después de unos minutos, me vendó los ojos.
El olfato. Sentí su nariz respingada muy cerquita de mí. Olió cada una de las partes de mi cuerpo, como si aspirara cocaína en cada uno de los poros de mi piel. Aspiró los tatuajes de mis brazos como si hubiese querido succionar la tinta. Vertió sobre mi abdomen lo que me pareció un tipo de lubricante, lo olió y se recostó a mi lado, después de enterrarme la lengua en mi boca y darme un beso largo.
El oído. Acercó sus labios a una de mi orejas y comenzó a darme ideas de cómo deseaba que me la cogiera; me encantó su tono de voz, mimado, caprichoso, exigente, como de niña fresa: «Primero quiero chupártela. Una vez que la tengas durísima, me sentaré sobre ti, de espaldas. Después de frente, quiero que me agarres los senos, que los pellizques, que los muerdas, que lamas mis pezones; todo esto, mientras me sigo clavando en ti. Obvio quiero que me empines, que te metas enérgicamente y me nalguees. Necesito que mientras me cojas me tomes del cabello, que lo jales. Te quiero fuerte, enfurecido, como un animal. Quiero sentir tus huevos chocando en mis nalgas. No dejaré de gritar hasta venirme, no una, varias veces».
El gusto. Pasaron unas cuantas horas. Me ofreció sushi y cerveza. Al terminar de comer (¿o cenar?), sostuvo hábilmente mi verga con sus labios y la chupó como nunca nadie antes lo había hecho, hasta volvérmela a endurecer: tenía un doctorado en esa boca. Se hincó frente a mí y así estuvo devorándomela, mientras yo veía su cara y mirada cachondísimas. Le sostuve la cabeza con ambas manos, marcando el ritmo de sus mamadas, metía y sacaba mi pene de su boca; de repente parecía que se asfixiaba, pero noté que eso le encantaba. Me vine en su cara.
El tacto. Un rato más tarde, después de quedarnos dormidos, me despertó su mano juguetona que tenía pegada a mi verga, me la estuvo jalando rítmicamente de arriba a abajo. «Tengo que robarte otra vez, esta no puede ser la única ocasión... No te sientas mucho, pero la tienes riquísima y sabes moverte muy bien. Le atiné al haberte elegido, ¿sabes?» Me masturbó hasta que me sacó la última gota de semen.
Tiene un par de horas que volví a mi casa —o mejor dicho, que me regresaron—. Estoy sentado frente a la computadora que tengo en mi cuarto y destapé una cerveza para aclarar mi cabeza y escribir esto. No sé si en realidad pasó. Lo único cierto es que no puedo sacarme de la mente a la mujer que me raptó y dudo que algún día se me borre esta experiencia de coger por coger... Por el simple placer de coger. Espero que no pase mucho tiempo, aunque parezca contradictorio, para que me vuelva a tocar un levantón de este tipo. Salud.

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