Quiero respirar(te)

Estamos sentados en la barra de la cabaña que elegiste, escuchando tu playlist favorita. La neblina de afuera le da un toque especial a nuestro encuentro. Por el ventanal percibimos, gracias al viento que agita los cipreses, que la noche es violenta, pero adentro predomina la temperatura de nuestros cuerpos. 
     Comemos un fusilli que preparé con espinacas y pollo salpimentado, y bebemos una Victoria, en los tarros que estaban en el congelador. Traes un vestido de terciopelo verde, corto, que contrasta con el tono rojizo de tus rizos. Los bancos de la barra son altos, al sentarnos, nuestras rodillas quedan a la misma altura. Mientras sostengo el tenedor y pruebo el platillo con mi mano derecha; con la izquierda, comienzo a acariciar tus piernas. Sonríes. Le das un trago a tu cerveza, me besas y me impregnas el sabor amargo en mi boca: «hazlo más al fondo». Entonces comienzo a acariciar tus muslos delicadamente, mientras sostenemos una charla sobre María Moliner, bibliotecaria que definió que un adicto es una persona: “que admira, respeta, sigue o se acata a alguien determinado”.
     Te repito que eso me pasó contigo: me volví adicto a ti, a tu cuerpo, a tus besos, a tu sexo. Me besas nuevamente, me entierras tu lengua y tu respiración se acelera. Mis dedos se mueven entre tus labios vaginales, no traes ropa interior, palpo la humedad de éstos. Me abres el cierre del pantalón y sacas hábilmente mi verga. Me ves, antes de chuparla, me plantas otro beso y me dices algo que jamás me habías comentado: «mátame».
     Quedo atónito y te respondo abriéndote las piernas y metiéndome en ti, enérgicamente… Con la misma mirada que hago cada vez que quiero demostrarte cuánto me gustas.

     

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