Qué sería la vida si no hubieras nacido. Acto 2. Capítulo 3

Mi relación con Violetta fue todo y nada a la vez. Teníamos sexo, pero por obvias razones, jamás pude penetrarla. La dedeaba, lamía, la acariciaba; le decía cosas lindas que previamente le había escrito. Le gustaba tocarse mientras le contaba mis fantasías con otras mujeres; también le gustaba que le hiciera sexo oral en lugares públicos. En la mayoría de los casos era en restaurantes, después de haber comido o cenado, y mientras ella se tomaba una copa de vino tinto o disfrutaba de un postre. Tenía que meterme debajo de las mesas para besarla en medio de sus piernas. En ocasiones, me pedía tocarla en la calle, a la vista de todos. Era algo que también me fascinaba, me hacía sonreír. Era feliz. Recuerdo que una vez mencionó que ya le gustaba demasiado: «Qué guapo estás, viejito. Me atraes por muchas cosas, una de ellas tu edad; otra, tus arrugas». Pero inesperadamente comenzó a alejarse. No sólo físicamente. Me dejaba de hablar por días. No me frecuentaba. No respondía mis mensajes. Me ignoraba. Nunca entendí su locura. Un día podía ser la más cariñosa y decirme las cosas más lindas que jamás haya escuchado; y otro día, podía humillarme con una sola palabra. Me había comentado que se consideraba una persona difícil y que le costaba reconocer sus responsabilidades ante ciertas situaciones.
     Quise llegar al origen de su corazón frío y distante pero la perdí antes de hacerlo. A veces me pregunto si huía de mí, porque le daba pánico enamorarse de alguien como yo. O porque simplemente le daba miedo el enamoramiento. No regalaba amor, pero sí lo pedía a cambio. Era egoísta y orgullosa. Insoportable. Su idea de libertad era particularmente extraña. Es decir, conmigo siempre lo fue. Tenía libertad de hacer lo que quisiera con su vida e incluso con la mía. El amor que sentía por ella me cegaba por completo y hacía cualquier cosa por hacerla sentir bien; también he llegado a pensar que fue eso lo que la aburrió y evidentemente el que nunca la haya penetrado como se lo merecía. Si tan sólo hubiera podido cogérmela y mostrarle mi manera bestial de hacer el amor, si hubiera probado mi semen, mi sudor, mi perversidad fálica.
     Violetta ahora está muerta y más distante que nunca. Nos faltaron muchísimas cosas por hacer. Espero que en otra vida pueda volver a encontrármela. Aunque la cortejaría de otra manera, para no aburrirla. O tal vez en esa otra vida sí me atrevería a secuestrarla para tenerla sólo para mí. Desde luego que le seguiría escribiendo cartas, febriles cartas. Le leería los pasajes más calientes de Pedro Páramo. Veríamos series de detectives y asesinos seriales. La llevaría a exposiciones. Pasearíamos por parques solitarios, agarrados de las manos. No faltaríamos al cine todos los miércoles. Cogeríamos. Cogeríamos. Y cogeríamos. Ahora ella tendría que soportar mi melosa y metódica vida, así como yo aguanté sus groserías, sus desplantes, sus no-mensajes en los momentos cuando más la necesité. En fin...
     El problema fue que me enamoré. Hasta pronto, textos. Hasta luego, Violetta. Sé que alguna vez te dije que la vida es una rueda de la fortuna, ¿sí te lo dije? A veces estamos abajo y otras arriba, eso es evidente; lo que importa es que siempre estamos dando vueltas y aunque nos distanciemos, siempre vamos a volver a pasar por un mismo punto, el del origen. Entonces cuando ese fenómeno suceda, estará ahí –igual de muerto que tú– pero con las mismas ganas de vivir a tu lado, como desde que te lo dije aquella vez que te besé, mientras mis dedos jugueteaban en tu húmeda vagina y escuchábamos: Mi vida.






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