La pluma del águila
CHUCHO ILUMINADO...
por Luis Chorawsky
por Luis Chorawsky
Llegamos al estadio casi una hora antes de que comenzara el cotejo. Me acompañaba mi esposa, hincha de los Pumas, que en la vida, por más que las cosas pinten complicadas, nunca pierde la esperanza. Al entrar por el mítico túnel número 30 y dirigirnos hacia nuestros asientos, noté muchos jerseys de la UNAM a mi alrededor; pensé que eso no debía permitirse, esos lugares tendrían que haber sido águilas. En fin.
Cuando los equipos saltaron al campo a calentar, el Estadio Azteca estaba parcialmente vacío, sólo la parte de la cabecera sur estaba repleta de las barras azul y oro. No puede estar pasando, pensé, bueno, aún falta media hora para que llegue el resto de la hinchada azulcrema, me resigné.
Llegó el momento, Marco Antonio "Chiquimarco" Rodríguez hizo sonar su ocarina para dar inicio a uno de los partidos con más rivalidad y odio dentro de la capital: el América-Pumas; aunque esta vez tenía un sabor más especial, pues se estaban jugando su pase a semifinales y yo, mi cabellera. Pero me entristeció y más que nada me encabronó ver la mísera cantidad de almas en el área de las barras locales; eran tan pocos que ni siquiera se escuchaban. Es más, sonaba más el risible "chiquitibum" de la barra familiar.
Aunado a este detalle los Pumas anotaron primero, para el minuto 22, cuando Robin marcó el gol universitario, los goyas ya se sentían locales y ganadores, aunque nunca contemplaron que cuando el juego en equipo no funciona, un sólo jugador puede hacer la honrada.
Así fue que Chucho iluminado como por una fuerza celestial, ya para el segundo tiempo, demostró porqué es el campeón goleador, y en un abrir y cerrar de ojos, después de un rebote, consiguió el tanto del empate.
En ese momento, surgieron americanistas de todos lados, gritando con pasión, coraje y a todo pulmón el clásico: vamos, vamos América, que silenció a los del pedregal. La semifinal se veía tan cerca y lejana a la vez. Los ataques insulsos del cuadro de Coapa no significaban mayor peligro para el marco defendido por el Pikolín, pero aun así, se tenía un control del juego que de alguna manera daba cierta tranquilidad.
Y casi al finalizar el partido, cuando el cuadro de CU estaba sumando esfuerzos para atacar y lograr la hazaña, Chucho tomó la esférica en la mitad del campo, comenzó a acelerar, los que estábamos en la tribuna nos levantamos, Chucho dribló a 2 defensas que tenía al frente, se llevó a uno, a otro, encaró al portero, tiró y mandó el balón al fondo de la portería, dándole así la vuelta al marcador para poner el definitivo 3-1 global.
En ese momento las lágrimas acompañaron los gritos americanistas, gritos con sabor a triunfo... Gritos que posiblemente salieron de menos gargantas, pero que lograron callar a aquellos universitarios los cuales ardían en dolor, por ver cómo el rival más odiado los alejaba del campeonato.
Foto: Miguel Angel Ruiz, @mikeruiz5

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