(media)-Crónica de una inundación no anunciada, parte II

Ya casi tres semanas y no nos hemos podido recuperar, ni creo que lo hagamos. En fin, la esperanza hay que conservarla... siempre, ¿verdad, Sábato?

Después de escapar de la inundación, nos alojamos en casa de Martín, alrededor de semana y media. Con él guardamos lo poco que nos quedó y que pudimos rescatar. Es triste ver cómo todo se te puede ir a la mierda -literal- tan rápido (¿ya lo había mencionado?), más triste aún cuando te ha costado tanto trabajo construirlo y ver que no puedes rehacerlo fácilmente.

La verdad es que no me había dado cuenta de la dimensión de las cosas, hasta ahora. Es como si el paso del tiempo me recalcara lo grande e importante de las pérdidas. Con mi padre me pasó igual. Fue hasta después que lo comencé a extrañar, cuando sentí que me hacía falta y lo necesitaba... fue hasta después que asimilé su muerte.

Lo mismo me pasa hoy. Extraño la ropa ordenada en mi clóset, el estudio alfombrado y el centro de entretenimiento, la ruidosa bomba de agua, las paredes de madera, los techos altos, el peculiar silencio de nuestro frío depa narvartense...pero extraño más la sonrisa y felicidad de Bbcinha.

Pausa (tengo que ver cómo le hago para disimular mis lágrimas, es evidente que no puedo continuar esto).

Encontramos un nuevo departamento, en un segundo piso que parece cuarto. Apenas y me hallo. Hay ruido por todos lados, una gotera, pisadas arriba, abajo; chapas que no sirven, tuberías que rechinan en las noches y hombres trabajando afuera todo el día.

(Tengo que acostumbrarme, no hay de otra. Verle lo bueno. Decorarlo a mi gusto, a nuestro gusto. Tiene que ser nuestro depa, ese que le va a dar la bienvenida a todos aquellos que se quedaron con las ganas de la fiesta de disfraces. ¡Agüevo! Lo vamos a lograr) <-- Falacia.

¿Alguien puede decirme cómo salir, en verdad, de ésta?

Yo no sé cómo.




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