Crónica de una inundación no anunciada
De la misma forma como a muchos no se les olvida el 2 de octubre de 1968 o el 11 de noviembre de 2001, ahora a mí, no se me va a olvidar el 16 de abril de 2011... fecha fatídica, catastrófica. ¿Por qué? Pues algunos lo saben, la mayoría no. Otros sólo en rumores. Otras sólo chismearon. Algunos hasta llegaron a pensar que era parte de mi humor negro. Pero aquí va (lo contaré incluso con ciertas dudas, porque sé que al escribirlo, menos lo podré olvidar).
El departamento donde vivíamos Dana y yo se inundó de aguas negras el pasado sábado -de esas aguas de mierda y basura que sostienen al DF-, de esas aguas hijas-de-puta- que llegaron a casi 50 centímetros, cubriendo todos nuestros muebles, ropa, libros y parte de los esfuerzos de toda una vida.
Hipotéticamente fue debido a la inusual tormenta que cayó ese día, cojuntándose con el servicio inhabilitado del drenaje profundo, el cual estaba cerrado supuestamente por cuestiones de reparación. Nadie imaginó una granizada de esta magnitud y menos en abril. Tampoco nosotros creímos que vivir en planta baja iba a tener sus consecuencias.
Estábamos a punto de celebrar mi cumpleaños número 28, la fiesta sería de disfraces, de rockstars; eran como las siete de la noche y ya esperábamos a los invitados, cuando el cielo se vino abajo, igual que nuestras ilusiones. Lo recuerdo y me vuelve a asustar el descomunal ruido que provocaba el granizo, lo recuerdo y me vuelve a entristecer la cara de Dana, al darse cuenta cómo la inundación era inevitable.
Comenzó por la alcantarilla de una de las zotehuelas. Dana intentaba taponearla y ese momento yo no me había dado cuenta de la situación tan grave, sólo acarreaba las cubetas hacia el registro del baño, como un robot. Me daba la cubeta, caminaba con ella y la vaciaba en la regadera. Volvía, me daba otra vez la cubeta y la volvía a vaciar. La lluvia sólo incrementaba su poder. Después de unas 10 idas y vueltas, pensé: tenemos otra zotehuela dentro del departamento. Así es, la segunda zotehuela también estaba escupiendo agua. Adiós disfraz, adiós pantalones, adiós calcetines y zapatos...delcanzo me metí a esa otra hedionda alberca que se estaba formando, busque con las manos la alcantarrilla, ya no sabía si para tapararla o destaparla, sólo quería hacer algo, sólo quería salvarnos. No se pudo.
En ese momento, al escuchar el sonido de algunas ambulancias, salí del depatamento con la esperanza de encontrar algún tipo de ayuda, pero lamentablemente sólo fue para darme cuenta de otra cruel realidad: el pasillo que conecta el departamento con la entrada del edificio se había convertido en un río, el agua entraba de la calle con más furia, ya que enfrente del 1660 había una coladera que parecía un pequeño volcán. Corrí hacia la esquina más cercana (mejor dicho, intenté hacerlo, porque el agua me llegaba arriba de las rodillas) tratando de encontrar a alguien; en ese momento vi a lo lejos un camión de bomberos, respiré y dije, es mi salvación. Mas no fue así, el camión se siguió, a pesar de mis brincos, gritos y manotazos al aire. Un tipo a mis espaldas me dijo que sería imposible que se detuviera, que a unas calles estaba peor la situación, el agua les llegaba al metro y medio o dos.
Regresé al departamento, resignado, pensando que otros estaban en una situación más complicada, y no es que nosotros no lo estuviéramos, pero la verdad es que entiendo muy bien eso de que las mujeres y los niños van primero, y éste era un caso similar. Me senté en el cuarto escalón de la escalera que está en la parte de afuera del departamento número 1 (el que era el nuestro) y que conduce al resto de los departamentos del edificio. A mis pies, veía cómo corría toda el agua que venía de la calle hacia nuestra pequeña e indefensa puerta, veía la basura y hojarasca entrar como si se tratara de una puerta transparente; todo estaba pérdido, no quería ni imaginar el nivel de agua que ya había invadido nuestro hogar.
La comunicación que podía tener con Dana era a través de una ventana, tipo cubo de luz, en la cual, por el tipo de vidrio, no sólo nuestras voces se escuchaban distorcionadas, también nuestros rostros no eran claros...lo único totalmente legible eras sus lágrimas y su desesperada pregunta: ¿qué pasó, Armando, ya viene alguien a ayudarnos? Mentí -hay veces que uno lo debe hacer para que los demás continuén manteniendo la esperanza- sí, ahorita vendrán, lo que pasa que a la vuelta están peor, pero seguro, ahorita que resuelvan ese problema, vienen para acá.
Pasaron como dos horas, eran ya casi las 10 de la noche y yo ya había dado unos cinco recorridos de la escalera a la calle, soportando lo helado del agua, porque ésta no sólo tenía la particularidad de estar contaminada y llena de mierda, sino también estaba muy fría, lo cual provocaba para ese instante que mi cuerpo temblara de una manera inusual. Me di cuenta que los bomberos jamás vendrían y mejor decidí, gracias al consejo de Martín -el cual llegó como un ángel a ayudarnos junto con su hermana y su novio- que lo mejor era abandonar la situación y salirnos del departamento.
Así lo hicimos y aunque la historia no termina aquí, el recordar los hechos me vuelve a deprimir, cuando recupere las fuerzas, continuaré...mientras una pequeña muestra de lo vivido.
El departamento donde vivíamos Dana y yo se inundó de aguas negras el pasado sábado -de esas aguas de mierda y basura que sostienen al DF-, de esas aguas hijas-de-puta- que llegaron a casi 50 centímetros, cubriendo todos nuestros muebles, ropa, libros y parte de los esfuerzos de toda una vida.
Hipotéticamente fue debido a la inusual tormenta que cayó ese día, cojuntándose con el servicio inhabilitado del drenaje profundo, el cual estaba cerrado supuestamente por cuestiones de reparación. Nadie imaginó una granizada de esta magnitud y menos en abril. Tampoco nosotros creímos que vivir en planta baja iba a tener sus consecuencias.
Estábamos a punto de celebrar mi cumpleaños número 28, la fiesta sería de disfraces, de rockstars; eran como las siete de la noche y ya esperábamos a los invitados, cuando el cielo se vino abajo, igual que nuestras ilusiones. Lo recuerdo y me vuelve a asustar el descomunal ruido que provocaba el granizo, lo recuerdo y me vuelve a entristecer la cara de Dana, al darse cuenta cómo la inundación era inevitable.
Comenzó por la alcantarilla de una de las zotehuelas. Dana intentaba taponearla y ese momento yo no me había dado cuenta de la situación tan grave, sólo acarreaba las cubetas hacia el registro del baño, como un robot. Me daba la cubeta, caminaba con ella y la vaciaba en la regadera. Volvía, me daba otra vez la cubeta y la volvía a vaciar. La lluvia sólo incrementaba su poder. Después de unas 10 idas y vueltas, pensé: tenemos otra zotehuela dentro del departamento. Así es, la segunda zotehuela también estaba escupiendo agua. Adiós disfraz, adiós pantalones, adiós calcetines y zapatos...delcanzo me metí a esa otra hedionda alberca que se estaba formando, busque con las manos la alcantarrilla, ya no sabía si para tapararla o destaparla, sólo quería hacer algo, sólo quería salvarnos. No se pudo.
En ese momento, al escuchar el sonido de algunas ambulancias, salí del depatamento con la esperanza de encontrar algún tipo de ayuda, pero lamentablemente sólo fue para darme cuenta de otra cruel realidad: el pasillo que conecta el departamento con la entrada del edificio se había convertido en un río, el agua entraba de la calle con más furia, ya que enfrente del 1660 había una coladera que parecía un pequeño volcán. Corrí hacia la esquina más cercana (mejor dicho, intenté hacerlo, porque el agua me llegaba arriba de las rodillas) tratando de encontrar a alguien; en ese momento vi a lo lejos un camión de bomberos, respiré y dije, es mi salvación. Mas no fue así, el camión se siguió, a pesar de mis brincos, gritos y manotazos al aire. Un tipo a mis espaldas me dijo que sería imposible que se detuviera, que a unas calles estaba peor la situación, el agua les llegaba al metro y medio o dos.
Regresé al departamento, resignado, pensando que otros estaban en una situación más complicada, y no es que nosotros no lo estuviéramos, pero la verdad es que entiendo muy bien eso de que las mujeres y los niños van primero, y éste era un caso similar. Me senté en el cuarto escalón de la escalera que está en la parte de afuera del departamento número 1 (el que era el nuestro) y que conduce al resto de los departamentos del edificio. A mis pies, veía cómo corría toda el agua que venía de la calle hacia nuestra pequeña e indefensa puerta, veía la basura y hojarasca entrar como si se tratara de una puerta transparente; todo estaba pérdido, no quería ni imaginar el nivel de agua que ya había invadido nuestro hogar.
La comunicación que podía tener con Dana era a través de una ventana, tipo cubo de luz, en la cual, por el tipo de vidrio, no sólo nuestras voces se escuchaban distorcionadas, también nuestros rostros no eran claros...lo único totalmente legible eras sus lágrimas y su desesperada pregunta: ¿qué pasó, Armando, ya viene alguien a ayudarnos? Mentí -hay veces que uno lo debe hacer para que los demás continuén manteniendo la esperanza- sí, ahorita vendrán, lo que pasa que a la vuelta están peor, pero seguro, ahorita que resuelvan ese problema, vienen para acá.
Pasaron como dos horas, eran ya casi las 10 de la noche y yo ya había dado unos cinco recorridos de la escalera a la calle, soportando lo helado del agua, porque ésta no sólo tenía la particularidad de estar contaminada y llena de mierda, sino también estaba muy fría, lo cual provocaba para ese instante que mi cuerpo temblara de una manera inusual. Me di cuenta que los bomberos jamás vendrían y mejor decidí, gracias al consejo de Martín -el cual llegó como un ángel a ayudarnos junto con su hermana y su novio- que lo mejor era abandonar la situación y salirnos del departamento.
Así lo hicimos y aunque la historia no termina aquí, el recordar los hechos me vuelve a deprimir, cuando recupere las fuerzas, continuaré...mientras una pequeña muestra de lo vivido.
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Saludos cordiales, Mariana