Alguien sabe, ¿adónde van los muertos?
Eso de que los mexicanos nos reímos de la muerte es un mito, pues, díganme, ¿quién se ríe ante el fallecimiento del padre o la madre?
La tradición indica hacer un altar a nuestros difuntos: cempasúchil, veladoras, imágenes religiosas, la foto del difunto, tequila, agua, mezcal, mole, tamales, papel picado, calaveritas de azúcar o de chocolate…para qué tanta mierda, si lo que quisiera es tener nuevamente a mi padre junto a mí. Así es. Tres meses han pasado desde su deceso. Tres meses, lentos, l-e-n-t-o-s. ¿Y creen que me causa gracia? No saben la repugnancia que me causan ahora los ancianos. Les envidio su vida, su edad. No me cabe en la cabeza cómo un viejo de 70 o 80 años todavía anda por ahí, cuando mi padre apenas iba a cumplir los 62. ¡Pinche cáncer de mierda! Trauma, afecta, de verdad y mucho.
Me hubieran bastado cinco o siete años más. Tiempo en el cual le hubiera entregado mi título en sus manos, un nieto, una publicación; y no sólo un abrazo y un beso en su calva cabeza, como lo hacía cada vez que llegaba del trabajo…hubieran sido muchos más. Este fin de año, no sólo un regalo, ahora sí le hubiera comprado su chamarra con cuello mau y su boina que tanto anhelaba. Han de pensar que porque no hice todo esto cuando el aún vivía…pues por pendejo, no hay otra respuesta. Muchas veces, ignora uno el tiempo. Lo desperdiciamos. Carpe diem. No saben la falta que me hace mi papá. Como quisiera que existiera un tipo de máquina que se encargara de conservar los cuerpos, aunque éstos estuvieran sin vida, pero que se conservaran. Así por lo menos lo podría ver, lo podría tocar. No saben cuánto extraño su voz, su olor: su PERSONALIDAD.
Mi madre me dijo un día que me parecía mucho a él, que tengo el mismo carácter contradictorio e inesperado, instantáneo y sorpresivo. Para bien o para mal, me heredó esa dualidad que lo caracterizó. Sé que ahora me he vuelto más intolerante, más caballero, más grosero, más amable, más mentiroso, más risueño, más ebrio y más panzón. Igual que tú, me preocupo por mi trabajo y por mi familia. Igual que tú, reconozco a los amigos con una cerveza enfrente. Igual que tú, hago llorar a mamá. ¿Dónde estás? Me pregunto a diario, cada que te quiero platicar mis éxitos y fracasos. ¿Dónde estuviste ahora que tus chivas ganaron el clásico? ¿Dónde, cuando conseguí un mejor empleo? ¿Dónde, cuando nadie me invita a incorporarme a la mesa para cenar? ¿Dónde, cuando tenías que ver la cara de mamá ante su nuevo refri? ¿Dónde estás ahora que mis lágrimas empapan mis ojos? Si tuviera la certeza de que hay un cielo, en donde Pedro te abre las puertas, y que ahí vives…en este mismo momento salgo por una 45, para poder reunirme contigo. ¡Caray, vida, muerte, vida, muerte!
Alguien de ustedes sabe, ¿adónde van?
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