Es viernes, embriaguémonos…
Hay que estar siempre ebrio. Nada más: esa es toda la cuestión. Para no sentir el peso horrible del tiempo, que nos quiebra la espalda y nos inclina hacia el suelo, tenemos que embriagarnos sin parar. ¿De qué? De vino, de poesía o de virtud, como quieran, pero embriaguémonos. Y si alguna vez, en las escaleras de un palacio, en la verde hierba de una zanja, en la soledad sombría de nuestro cuarto, nos despertamos, porque ha disminuido o ha desaparecido nuestra embriaguez, preguntar al viento, a las olas, a las estrellas, a los pájaros, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que gira, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntarle: qué hora es, y el viento, las olas, las estrellas, los pájaros, el reloj, nos contestarán: "es la hora de embriagarse", para no ser los esclavos martirizados del tiempo, embriaguémonos; embriaguémonos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud, como quieran.
Charles Baudelaire.
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